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FRANCISCO POLEO: El desplome petrolero provocado por Putin acelera el cambio democrático en América Latina

El desplome petrolero provocado por Putin

acelera el cambio democrático en América Latina

 

***El ruso calculó mal la posición de Arabia Saudita, forzando una caída de los precios que pone a Rusia al borde del colapso económico.   

 

Informe Económico – FRANCISCO POLEO

La genialidad de las personas nada tiene que ver con la bondad o la maldad. Ni siquiera con la cultura, por ponerme provocador. No me estoy refiriendo al enrevesado Jorge Rodríguez, por el que armamos aquel escandalazo cuando Rafael Poleo lo llamó “culto” en el programa de televisión de otro personaje tortuoso -las redes sociales exacerban la ociosidad. Uno de estos tipos geniales tipo genial tiene a Occidente en 3 y 2. Es Guasón, un Joker, y goza creando el caos en nuestro mundo. Un villano que ha sabido explotar los sentimientos más existenciales de su pueblo y los ha usado contra los que ellos consideran su enemigo natural. En la realidad es un viejo oso alcohólico que de un día para otro pasó de gigante aterrador a monigote decrépito, pero aún proyecta la sombra de lo que fue. Tan profundo fue el efecto que produjo en sus buenos tiempos, que todavía está posicionado como el único contrapeso político a Estados Unidos y es la mano que mece la cuna populista que nos arrulla violentamente por donde quiera que miramos. Como dijo la némesis de Batman, “la locura se parece bastante a la gravedad, sólo necesita un pequeño empujón”.

Estados Unidos, China, Japón, Alemania, India, Reino Unido, Francia, Italia, Brasil, Canadá. Todos esos están por delante de Rusia, apenas la onceava economía del mundo que sin embargo tiene en jaque a la democracia liberal occidental, aplicando métodos no convencionales como los piratas cibernéticos -véase elecciones en EE.UU., Brexit y referéndum catalán-; pero también antiguas tácticas como auxiliar a regímenes autoritarios -Irán, Venezuela o Siria-, como antes con Cuba, en su esplendorosa época soviética. O el chantaje político, cuyo mejor ejemplo es el gasoducto con el cual calienta los hogares de Europa, esa espada de Damocles que los ingenuos burócratas de Bruselas dejaron que Vladimir Putin, el genial villano, colgara sobre las cabezas de quienes no tienen la beca mensual de la Unión Europea, ese maravilloso experimento cuya fragilidad nos acongoja a todos.

Nada de esto lo hace Putin conforme a un plan. Simplemente genera caos y goza con eso. Le gustan los populistas porque desestabilizan a Occidente, y por eso su aparato trabaja a favor de ellos. No le impota quién mande. Le da igual Trump o Sanders, con tal de alborotar el avispero. Aunque, paradójicamente, la presidencia que más lo benefició fue la del moderado (o tímido, o cómodo) presidente Obama, que lo dejó hacer hasta que fue demasiado tarde para detenerlo.

La última jugada de Putin como “enfant terrible” fue la semana pasada. En el marco del acuerdo petrolero entre la OPEP y Rusia, Moscú pretendió que todos recortaran la producción pero ellos no, para que Rusia ocupara el espacio libre en el mercado. En caso de que Arabia Saudita, la que manda en la OPEP, no aceptara disminuir la oferta, los precios seguirían bajando hacia los 40 dólares, obligando a que las petroleras estadounidenses que producen por el costoso método “fracking”, abandonaran mercados que ocuparía Rosneft, la niña de los ojos de Vladimir. Muy listo el rusito.

Pero Putin no contaba con la cruel astucia de los árabes. En una decisión audaz y sorprendente, al final de un domingo angustioso para un mundo que tiene las manos en la cabeza por el coronavirus, Riyadh ejecutó una medida unilateral que se llevó por los cachos a todo el mundo: recortó su producción y al carajo los demás. ¿La consecuencia? El barril de petróleo baja a 32 dólares, demasiado caro para una Rosneft que produce el barril con un costo de unos 35 dólares. Para la modesta economía rusa –recordemos que apenas es la onceava del mundo- esto es demoledor, si se tiene en cuenta que hablamos de un país con hiperdependencia petrolera y sancionado económicamente por los cuatro costados. Por supuesto que las petroleras estadounidenses también se ven afectadas, porque el barril explotado por fracturación hidráulica está en torno a los 40 dólares, pero Estados Unidos es una economía diversificada, no una economía petrolera, y tiene pulmón financiero para contener la respiración hasta que se asfixie Rusia.

¿Le informó Riyadh a Washington antes de dar este golpe que colapsó los mercados financieros mundiales, incluyendo Wall Street? Difícil saberlo. Pero uno de los hechos más sólidos de la política mundial hoy en día es la magnífica relación entre Trump y el príncipe Bin Salman. Es una guerra económica que Rusia declaró a Estados Unidos contando con un aliado, Arabia Saudita, que en realidad está acordado con Estados Unidos.

La violenta reacción árabe no pertenece estrictamente al ámbito económico. Detrás de esto hay una relación enrarecida por el apoyo de Putin a regímenes que son enemigos existenciales de Arabia Saudita, como Siria e Irán. Putin se equivocó apostando a que los sauditas se moverían detrás del señuelo económico. Ha desatado una guerra de precios que desajusta la política de Moscú en todo el mundo, incluida Latinoamérica, donde ahora se les hace más urgente lograr acuerdos para regularizar los negocios de Rosneft en esta región. Pudiera estimular la locura en plazas como Venezuela, donde, por cierto, el petróleo se produce a casi 30 dólares en una industria destrozada. Pero en Caracas el régimen de Maduro tiene la mente en otra cosa: Trump, Bolsonaro y Duque no los dejan dormir.

El último que apague la luz.

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