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CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO: Martínez Montañes

Martínez Montañes

 

La crónica menor – CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO

Para un latinoamericano visitar Sevilla es encontrarse con la pátina de la cultura integral que llevaron de la Península al Nuevo Mundo lo mejor de sí, su vida, sus costumbres, su arte y su fe profunda acrisolada en el contacto con la dominación mora, que no le hizo perder la identidad cristiana, sino que la enriqueció con ese embrujo que celebra todos los actos de la existencia, vida y muerte, con pasión.

La religiosidad popular nuestra tiene el sello indiscutible de lo andaluz y de lo sevillano. La belleza de las Inmaculadas y de otras devociones de la Virgen, portan consigo el trascendental de lo bello que le imprime un dinamismo especial para superar adversidades y contrariedades. En el Real Convento de Nuestra Señora de la Merced de la noble ciudad de Sevilla, convertido hoy en Museo, tiene lugar la exposición “Montañés, maestro de maestros”. Juan Martínez Montañés, nació en la provincia de Jaén en 1568 y murió en Sevilla en 1649cuando la epidemia de peste azotó la ciudad y fue sepultado en la iglesia de la Magdalena. Es uno de los hitos de la escultura española barroca de la escuela sevillana. Su arte cruzó en Atlántico, ya en su tiempo, en obras propias o atribuidas a él, y en reencarnarse en las escuelas del nuevo continente, con ese tono mestizo que le confiere colorido y singularidad.

A los 20 años pasa el examen y fue declarado “hábil y suficiente para ejercer oficio”. Cuántos pasos de la Pasión, representaciones de los apóstoles y sobre todo de los Juanes, el Bautista, el Apóstol y otros más, pero, sobre todo, en la armonía y fuerza de las representaciones de la Virgen, sobre todo en la devoción a la Inmaculada tan propagada desde España mucho antes de ser declarado el dogma. Prueba de ello, el patronazgo que tiene Mérida, a petición del Rey Carlos III, cuando se creó la diócesis de Mérida de Maracaibo. Las procesiones con sus pasos, la indumentaria de los cofrades y la organización de las mismas tiene en el nuevo mundo el rasgo sevillano. Eran tales los privilegios que tenía la catedral hispalense que, en la creación de las diócesis coloniales, figura entre sus preeminencias gozar de los mismos títulos y concesiones de la de Sevilla. Por ejemplo, en la vestimenta de los canónigos y en varias de las ceremonias del tiempo navideño y de semana santa.

La exposición recoge 44 obras del artista y una docena más de sus maestros, contemporáneos y discípulos. Varios San Cristóbal con el Niño en los hombros, pues su nombre alude a la función como portador de Cristo, por lo que se le encomendaba la custodia de los viajeros, tan expuestos entonces al cruzar el mar océano. En varios templos sevillanos se encuentra su imagen a la entrada. Varias tallas de San Pedro y San Pablo, un San Bruño de una sobriedad y paz que haría decir “que no habla porque es cartujo”; y de la iglesia de la Anunciación de Sevilla, dos tallas de madera tallada, policromada y tela encolada de San Ignacio de Loyola y San Francisco de Borja, que, en palabras de Francisco Pacheco, suegro de Velásquez, “se aventaja a cuantas imágenes se han hecho de este glorioso santo, porque parece verdaderamente vivo”.

Difícil expresar con palabras la belleza visual de esta exposición que se puede abrir en internet para solazarse en su contemplación. En medio de tanta aspereza en la que nos hace vivir la situación del país, es un oasis de paz, que aseda el alma y le da vigor para seguir en la lucha por ser protagonistas del bien común, la paz y la fraternidad.

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