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ROBERTO MANSILLA BLANCO: La pandemia que deja al mundo un futuro incierto

La pandemia que deja al mundo un futuro incierto

 

Por ROBERTO MANSILLA BLANCO – Corresponsal en España

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya elevó la gravedad del coronavirus (COVID-19) de “epidemia” a “pandemia” y ha identificado a Europa, en vez de China, como el nuevo epicentro de la misma. La infección alcanza a unos 167 países con más de 200.000 infectados, y en constante expansión.

El coronavirus vino para modificar abruptamente la geopolítica mundial. Europa está hoy en el centro de la atención. Nunca antes la Unión Europea se sometió a un cierre de fronteras tan drástico e inmediato a causa no de una guerra o invasión exterior, sino de un virus.

Por momentos, el proyecto de la Unión Europea, de esa unión sin fronteras, parece verse simbólicamente desvanecido por un virus. Y con ello, los “estados de alarma”, como el decretado en España esta semana. Francia, Alemania, Gran Bretaña y la atribulada Italia se han visto así inmersos en medidas extremas de emergencia, precisamente en vísperas de un cambio de estación, del invierno a la primavera.

Incluso, el fútbol, deporte de masas por excelencia, se paralizó. Las ligas europeas suspendieron momentáneamente su actividad, así como las competiciones de la Champions League y la Europa League. La Eurocopa de naciones prevista para este verano fue aplazada hasta 2021, igual que la Copa América. En el hilo están los Juegos Olímpicos de Tokio, una oportunidad para el relanzamiento de Asia, epicentro del coronavirus.

No sólo Europa cerró sus fronteras. Desde EE.UU, el presidente Donald Trump impuso la “cuarentena” durante un mes a todos los vuelos procedentes de Europa. Y así otros países latinoamericanos, como Venezuela. La “cuarentena” ya empezaba a ser global.

A causa del coronavirus, las bolsas de valores occidentales y el precio del petróleo cayeron vertiginosamente. La directora del FMI, Christine Lagarde, advirtió inmediatamente que estamos a las puertas de una recesión económica global de un calado aún mayor (y por tanto peor) que la vivida en 2008. Toda vez, la geopolítica se ve sacudida por una inesperada crisis sanitaria mundial originada en China.

La “eficacia” del “modelo chino”

Se ha interpretado la crisis del coronavirus iniciada en diciembre pasado en China como algo similar al “Chernobyl chino”. Desde un principio, las autoridades chinas han censurado y minimizado el impacto de la crisis para, súbitamente, de la noche a la mañana, impulsar medidas drásticas de “cuarentena” a unos 60 millones de habitantes de la provincia de Hubei, cuya capital Wuhan es donde empezó la crisis.

Pero hoy esta es una realidad matizada de grises. El “Chernobyl” pasó ahora de China a Occidente. Esos 60 millones de una provincia china son, fácilmente, la población total de países europeos como Italia, Francia y Alemania. Las perspectivas, por tanto, son diametralmente distintas. Por tanto, existe una percepción, más allá de la propaganda oficial, de que precisamente ha sido China la que ha logrado controlar y atajar momentáneamente un problema en expansión vertiginosa a nivel mundial.

¿Cómo lo hizo? Es un tema que está provocando discusiones a nivel mundial sobre cuál es la “eficacia del modelo chino”, en contraposición con el occidental.

China es un régimen de partido único, férreamente controlado por el Partido Comunista Chino (PCCh), a pesar de ser una economía de mercado, con preponderancia del capitalismo de Estado, que lo ha llevado a convertirse en la segunda potencia económica mundial.

El PCCh mantiene una hegemonía comunicativa que obviamente potencia la censura, toda vez la sociedad china preserva la obediencia al poder, a su rigidez y disciplina, manifestando una cultura de carácter más colectivista. Estos valores culturales y políticos refuerzan la capacidad del poder chino para movilizar recursos y aislar sin miramientos las poblaciones infectadas con el virus, a fin de evitar la expansión.

Sin no menos tensiones, especialmente en Wuhan, epicentro del virus, y con algunas semanas de retraso, sumamente valiosas si se hubiese atendido el problema desde un principio, el sistema chino ha logrado movilizar con eficacia y rapidez toda serie de recursos para contener la expansión de la epidemia, aplicando con disciplina militar una “cuarentena” que la población ha acatado sin fisuras. La censura también ha jugado su papel importante, al mantener la “cuarentena” informativa en cuanto a la realidad de lo que estaba sucediendo, evitando así posibles situaciones de protestas y descontento. Una realidad, por cierto, muy diferente a la occidental.

Pero algo parece claro: China ha logrado superar la fase más crítica de la hoy oficialmente reconocida como pandemia. Y al parecer quiere exhibir ante el mundo su capacidad para gerenciar este tipo de crisis, una especie de “soft power” o “poder blando” como músculo de poder. Con ello, el sistema hegemónico del PCCh, caracterizado oficialmente en el “socialismo con características chinas”, cada vez más capitalista y globalizador, sale reforzado, sea como sea.

Caso contrario, al menos por ahora, al del resto del mundo, especialmente Europa. En vez de fortalecer los mecanismos de cooperación y de solidaridad, se ha apostado por el inevitable y comprensible cierre de fronteras y otras medidas proteccionistas. A diferencia de China, en el Occidente liberal democrático funciona una cultura política crítica, mayor movilización sociopolítica y una opinión pública que fiscaliza constantemente la acción gubernamental. Es un sistema más elástico y flexible, más individualista que el “modelo chino” pero que, en una crisis como la actual, puede mostrarse más vulnerable.

El coronavirus también sabe de geopolítica

Por ello, se abordan algunas interrogantes: ¿cómo afecta el coronavirus a la geopolítica global? Sin condicionantes morales, ¿se puede hablar de ganadores y perdedores en esta batalla?

Diversos análisis en medios de comunicación han venido especulando con estas y otras interrogantes. Pero la evolución global de la pandemia obliga a realizar, cuando menos, una valoración a priori de cómo este virus está alterando las estructuras del poder internacional.

Una primera perspectiva obliga a determinar en qué medida el coronavirus realmente ha ralentizado el pretendido ascenso chino a la supremacía global. China esperaba inaugurar en este 2020 una década de impulso decisivo a su pretensión por hacer del Siglo XXI el “siglo chino”. Su apuesta para alcanzar esa anhelada supremacía está enfocada en el proyecto de las Rutas de la Seda, ambicioso programa de infraestructuras y vínculos económicos por vía terrestre y marítima, que uniría a China hacia Occidente, con preponderancia obviamente china.

Ante la crisis actual provocada por la pandemia, ¿cómo podrán avanzarse en estos proyectos los  chinos? ¿Tendrá China la suficiente fortaleza para impulsar un nuevo modelo de desarrollo alternativo al occidental?

Por ello, este frenético proyecto definido por Beijing para suplantar la hegemonía occidental “atlantista” ha sufrido un súbito frenazo vía coronavirus. La recesión económica global que se avecina aumenta esta perspectiva. Pero China parece demostrar que tiene capacidad de dar “un paso atrás” para luego impulsar “dos adelante”.

Obviamente, esto también afectará a Occidente y el resto del mundo, porque las Rutas de la Seda estipulan una conexión portuaria de gran nivel desde las costas del Este de China hacia Europa y el hemisferio occidental, y vía terrestre por Asia Central. Esto también ha contribuido con la expansión del virus.

Por ello, la pandemia ha obligado, momentáneamente, a frenar estos proyectos, incluso vía cierre de fronteras con China, como hizo inmediatamente Rusia, quizás el principal aliado estratégico chino, una vez el coronavirus se hacía una realidad en expansión.

Esto está llevando a la situación actual de “cuarentena” en Europa, que demuestra a priori su declive geopolítico. La batalla por la supremacía global es entre EE.UU y China. Es un regreso a la bipolaridad de la “guerra fría”, pero con Beijing sustituyendo a Moscú. Y Europa, nuevamente, expectante.

Italia, Francia, España y Portugal se ven cada vez más afectados por los casos de coronavirus, presionando al máximo los sistemas sanitarios y de seguridad y las decisiones políticas de sus gobiernos, cuyas prioridades han cambiado drásticamente en apenas unos días. Se percibe paralelamente cierta parálisis política, toda vez la sanidad pública es la prioridad máxima.

Al otro lado del Atlántico, más de lo mismo: proteccionismo con calado populista nacionalista. Mientras EE.UU vive las primarias del Partido Demócrata con vistas a la carrera por la Casa Blanca prevista para noviembre próximo, el presidente  Trump suspende por un mes todos los vuelos comerciales desde Europa para evitar la expansión del virus hacia el país norteamericano. Una decisión inédita que rompe la baraja de la pretendida unidad transatlántica vigente desde finales de la II Guerra Mundial, y que el propio Trump y el Brexit han logrado dinamitar.

No obstante, los virus no conocen de fronteras, medidas ni decisiones políticas. El coronavirus ya se instala en EE.UU (1.700 casos hasta la fecha), un país donde Trump ha derrumbado el proyecto de su antecesor Barack Obama de impulsar una cobertura sanitaria universal, similar a la existente en  Europa. Trump defiende la sanidad privada en un momento en que la sociedad estadounidense podría estar a las puertas de una crisis sanitaria sin capacidad para ser acometida por cobertura oficial. Pero se ha visto obligado a decretar la emergencia nacional y un fondo público para luchar contra la pandemia.

Globalizados, sí, pero ¿integrados?

En este contexto, China anuncia que lo peor de la crisis del coronavirus ya ha pasado, que está superando la pandemia. Así, Beijing quiere mostrar su imagen de cohesión y fortaleza ante un Occidente aletargado y sumido en la crisis, encomendado al “estado de emergencia y de excepción”. Algo, por lo demás, no visto desde las guerras mundiales.

También es motivo de discusiones si, como se pretende, la llegada de temperaturas cálidas primaverales remitirá la expansión del virus. No existe consenso científico sobre esto.

En Venezuela, con varios casos ya oficialmente reconocidos, el coronavirus al parecer se ha convertido en una oportuna excusa para que el régimen de Maduro intente ganar tiempo y oxígeno en su pulso político interno, dilatando la atención hacia la prevención del coronavirus, y afianzando su represivo poder, al prohibir manifestaciones públicas en un momento crítico para su régimen.

Por ello, el coronavirus ha (re) colocado en perspectiva la polarización del pulso por la hegemonía mundial entre China y EE.UU.  y provocado consecuentemente un (re) equilibrio de las fuerzas geopolíticas y las relaciones internacionales. Una Europa en “cuarentena” queda prácticamente fuera de juego, demasiado ocupada por sus dilemas internos.

Toda vez, Rusia también ha apostado por la preventiva contención, aguardando la situación hasta que la pandemia remita su expansión. Pero no se ha quedado de brazos cruzados: mientras cerraba sus fronteras con China y suspendía temporalmente los vuelos con Europa, Putin afianzaba su poder absoluto en Rusia impulsando vía parlamentaria una reforma constitucional que debe ser votada en abril en referéndum popular y que le permitiría gobernar hasta 2036.

Con esta realidad, Occidente puede verse obligada a revisar (o incluso reformar) los cimientos sobre los que se basa su modelo liberal. Trump plantea otra apuesta: el populismo conservador, una mezcla de proteccionismo “globalizador”, cada vez más instalado en Occidente.

Pero tras el Brexit, la Unión Europea se ve atomizada. El coronavirus retará también su capacidad de respuesta, en particular la fortaleza de sus instituciones, la cohesión social y la eficacia de su sistema sanitario universal. Precisamente, lo que a Trump no le gusta.

El “modelo chino” difícilmente puede reproducirse en un Occidente liberal, dotado de equilibrios institucionales permanentes, estructuralmente polarizado y temeroso sobre los alcances socioeconómicos de la pandemia. Pero la eficacia de Beijing a la hora de gerenciar esta crisis sí repercutirá en cómo Occidente pueda ofrecer soluciones igualmente efectivas o si, por el contrario, necesitará algo de la “receta china”. Puede que China haya ganado este “primer round” geopolítico y muchos vean en su receta una lección, por demás impresionante, para Occidente. Pero queda por medir el “día después”, cuando la pandemia remita, y se vean las secuelas y los resultados.

Con una recesión económica ya anunciada, y a pesar de la contención y las medidas proteccionistas, el coronavirus nos ha mostrado otra lección que pulsará otra realidad: qué tan globalizados estamos, y qué tan inevitable es que lo sigamos estando.

Paisaje después de la batalla

No sabemos con certeza cuál será el paisaje que nos espera después del coronavirus, la pandemia global que hoy nos obliga, como es comprensible, a la cuarentena, al confinamiento, al aislamiento preventivo. Irónico y curioso paisaje en tiempos de globalización, ese proceso que no conoce de fronteras. Hoy precisamente se cierran las fronteras, se confina a las personas en sus casas para evitar reproducir contagios. El aislamiento es tan lógico como inducido.

Los psicólogos sociales y otros gurús de la información, la opinión pública y la industria del bienestar han venido resaltando últimamente los efectos “positivos” del confinamiento. Se enfocan en afirmar que todo esto traerá una nueva conciencia social, permitirá valorar lo aspectos menos materialistas.

Pero es necesario medir las consecuencias y si todo esto está procreando, de alguna u otra forma, un experimento social. El coronavirus adelanta la recesión económica global que ya se anunciaba. Esto modificará paulatinamente la actual arquitectura económica y financiera global, las nuevas formas de trabajo y de relaciones sociales.

Se prevé una etapa de despido masivo, principalmente en Europa, toda vez el “teletrabajo” fortalecerá la especialización en las nuevas tecnologías de la información, cada vez más frenéticas y cambiantes, que traduce el paso definitivo a la economía digitalizada.

La economía “post-industrial” impondrá con mayor fuerza su ritmo, algo que ya venía observándose como inalterable. Es, de alguna forma, un proceso histórico. Pero no todo el mundo está preparado, por lo que la discriminación laboral y profesional puede ser intensa en este sentido.

La desconfianza será una tónica importante, al menos a corto y mediano plazo. Nadie, ni gobiernos, organismos, instituciones ni la ciudadanía global, esperaba tener que acometer una pandemia de estas características. Lo que en teoría debería suponer un reforzamiento de la cooperación y la solidaridad debido a un problema de salud pública, puede dar paso, hipotéticamente, a síntomas de desconfianza, miedo y confusión.

Todo ello recrea un caldo de cultivo propio para populismos, “post-fascismos” y tentaciones autoritarias de todo prisma ideológico y político, con sus “recetas mágicas” basadas en la polarización perenne y el fomento de teorías conspirativas. El miedo que lleva al freno, por tanto, del disenso, la crítica y la posible pérdida de libertades.

Las escenas de “semi-paranoia” registradas en los supermercados dan a entender estas pautas de comportamiento, al menos en las desarrolladas sociedades occidentales. Un caso particular es Europa, hoy epicentro de la pandemia, según la OMS. La desolación alimenta la desconfianza y la confusión, aunque sea perentoria y pasajera.

La cuarentena actual medirá el comportamiento social ante situaciones de catástrofe global, un adelanto de cómo reaccionaríamos ante una especie de guerra poco convencional, en este caso bacteriológica, pero quizás también química y nuclear.

En 2020, el coronavirus habrá sido el “jinete del apocalipsis” que reafirma cómo la globalización, directa o indirectamente, afecta y repercute en nuestras vidas. Y cómo una pandemia, inesperada y simple, tiene esa capacidad de “globalizarse” y poner en jaque al sistema de poder mundial.

Por ello, el “día después” del coronavirus abordará todo tipo de interrogantes: ¿se replantearán las prioridades de nuestra sociedad de consumo, de confort y de bienestar? ¿Se replanteará la globalización? ¿Habrá una nueva forma de hacer la política? ¿Habrá un cambio de conciencia social?

El paisaje después de “la batalla” se muestra gris de incertidumbres y quizás de cambios que no se esperaban.

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