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JURATE ROSALES: Bajo el coronavirus

Bajo el Coronavirus 

 

Por JURATE ROSALES 

Vamos por partes porque el Coronavirus enreda muchas cosas en Venezuela y en el mundo.

-La desaparición de Daniel Ortega,  presidente de Nicaragua,  otro de los remanentes mandatarios chavistas, o más bien castristas, de los que todavía quedan en América. La última vez que se le vio fue el 12 de marzo cuando participó en una video-conferencia. Desde entonces –nada… ¿Cuántos años tiene –o tenía– Ortega? Dejémoslo así.

Lo que sorprende, es que las medidas contra el Coronavirus, tan propicias para ofrecer a los gobiernos dictatoriales una excusa de control total de la gente en calles y lugares públicos, se han impuesto hasta en Cuba y en Venezuela con Maduro; pero no hay nada de eso en Nicaragua. Allí pese a los enfermos y a las  víctimas del virus, Nicaragua sigue su curso como si no existiera la pandemia.

-Boris  Johnson, el primer ministro de Gran Bretaña, acaba de salir de terapia intensiva tras su contagio con el  Coronavirus,  y los británicos respiraron aliviados porque sorpresivamente se habían dado cuenta de que su sistema no tenía prevista una sucesión o reemplazo temporal en caso de ausencia del Primer Ministro. Como éste se está recuperando, así quedará el olvido hasta la próxima ocasión.

-Italia ha sido en estos últimos decenios la puerta de entrada para los negocios chinos en Europa, con creciente intercambio comercial intercontinental y compra de importantes empresas italianas por los chinos. Italia, lastrada con una cada día más numerosa presencia de colonos chinos -sin saberlo abrió la puerta a la epidemia venida de China y de allí el mal avanzó por toda Europa.  Sin embargo, hubo un importante detalle, que sólo ahora sale a la luz. En la región italiana de Veneto un alcalde y un veterano epidemiólogo, Sergio Romagnani, se negaron a seguir las instrucciones que daba la Organización Mundial de la Salud, la OMS, y lograron frenar el contagio. En cambio, en la vecina provincia de Lombardía la hecatombe sigue siendo dramática y el mundo empieza a culpar a la OMS de inepta.

De allí –lo que es más grave– acusan a la OMS de ayudar a disfrazar el verdadero número de casos mortales en China. El presidente de la OMS, Tedros Adhanom, está citado por la prensa de haber actuado también en el pasado, como un aliado de China continental. De todos modos, la autoridad de la OMS está cuestionada y Donald Trump hasta la acusó de que “se equivocó mucho y de muchas maneras”. Tratándose de miles de vidas humanas, la acusación es particularmente grave.

El contagio se expandía a sus anchas y su siguiente víctima fue España. El binomio gobernante Sánchez-Iglesias es muy criticado por unos medios que acusaban al gobierno de haber impuesto la censura. Pedro Sánchez del PSOE (partido socialista) con el exprotegido por Chávez, el líder del partido Podemos, Pablo Iglesias, está claramente empantanado en el avance de un flagelo que corroe lo poco que habían podido tener de popularidad. Iglesias, presumiblemente portador del virus, se presentaba en los consejos de ministros.

Francia, por su parte, bajo la presidencia de Emmanuel Macron, intenta frenar la epidemia y ensaya posibles remedios en sus laboratorios.

La canciller de Alemania, Angela Merkel, respetó los días de aislamiento después de haber estado trabajando con uno de sus ministros, quien luego arrojó el resultado de tener el virus. Reapareció al público cuando estaba segura de no haberse contagiado y pronunció un discurso que recordó a muchos la terquedad de Churchill cuando en los inicios de la II Guerra Mundial prometió a los ingleses “sangre, sudor y lágrimas”. La alocución de Merkel quedará en la Historia como un magnífico ejemplo de lucidez, sinceridad y honestidad. Por cierto, otro que se está luciendo, él también por reconocer cada día lo grave de la situación, es Donald Trump. Su fama de encarar las situaciones difíciles para vencerlas frente a los múltiples problemas que tuvo como empresario, ahora se repiten en su rol de presidente de la nación más poderosa del mundo. Bien por él y por no mentir a su gente.

Pasemos ahora al tema de las verdades y las mentiras. Nunca como ahora se ha podido medir las diferencias entre las verdaderas democracias, en las cuales el mandatario debe encarar la verdad, y las dictaduras que se desempeñan a punta de mentiras. Con sólo revisar someramente cómo maneja cada gobierno las cifras de la pandemia en su país, surge una medición de los gobernantes, posiblemente con consecuencias para cada uno de largo plazo.

El caso de los chinos es particularmente bochornoso, porque mientras el gobierno chino explicaba que había vencido la pandemia y que en total no tuvo sino apenas tres mil fallecidos, las funerarias avisaban que debían suplir tres mil ataúdes diarios. ¿Y entonces? El valiente médico chino, Li Wenyang, hoy venerado como un héroe porque fue el primero en alertar acerca de la pandemia cuando todavía era tiempo de frenarla en sus inicios, fue llevado a la policía y le hicieron firmar un papel para que dijera que estaba equivocado. Una vez fuera de las garras policiales, su conciencia de médico lo obligaba a alertar, hasta que él mismo murió del virus que denunciaba.

Después de ver qué ocurre en el mundo, pasemos a lo que se sabe en Venezuela. Es que a las dictaduras les empezó a gustar la pandemia cuando se dieron cuenta de que esto les permitía tomar pleno control de todos los habitantes bajo la excusa de que vigilan que no se extienda el virus. Se aprovecha la circunstancia para amordazar, igual que en China, a los medios y amedrentar a los reporteros que se atreven a informar. La pandemia queda oficialmente reducida a cifras “manejables”. En Venezuela, la que anuncia esas cifras “oficiales” es la vicepresidenta nombrada por Maduro, Delcy Rodríguez.

El resultado es que en Venezuela no sabemos ni cuánta gente se ha enfermado, ni tampoco dónde están los enfermos en un país cuyos hospitales ya casi no tienen insumos y el número de camas ofrece un cálculo que asusta en el caso de una epidemia. Cito: “Según Provea el 11 de abril de 2020 hay 1.213 camas disponibles para cuidados intensivos  en … 40 hospitales en los 23 estados de Venezuela”.

Un seguro privado que antes podía cubrir una operación o un tratamiento, inflación mediante se ha reducido a algo tan ínfimo, que ninguna clínica acepta hospitalizar a un enfermo que sólo hace valer su seguro porque toda la cobertura ni siquiera alcanza para colocar una inyección. Todas las cotizaciones, muchas de ellas pagadas por el asegurado durante años, se han hecho sal y agua. ¿Dónde están las aseguradoras y quién atiende a los enfermos de la pandemia? Dada la existencia en Venezuela del Seguro Social Obligatorio, el país entero depende ahora de los hospitales del sector público, a su vez abandonados hace años.

El 8 de abril, el diputado Miguel Pizarro informó que llegó a Venezuela un avión cargado con 90 toneladas de implementos médicos enviados por las Naciones Unidas, Unicef, la Organización Panamericana de la Salud y todo reforzado por una fuerte donación de la Usaid norteamericana (según informaron los diversos medios). Es lo usual en cuanto a las ayudas internacionales en los casos de emergencias, con la diferencia de que en este momento nadie está para ayudar al próximo, porque la endemia es mundial. Se trata de una ayuda humanitaria, principalmente consistente en implementos para defenderse de la pandemia. Viene la pregunta: ¿quién distribuirá este envío destinado a salvar vidas y  dónde,  en un país a la deriva y con dos presidentes de los que el reconocido por el mundo es uno y el “no reconocido” posee la fuerza de las armas? Con el agravante de que estas armas están empantanadas en un sinfín de negocios considerados ilegales. ¿Ni siquiera en este asunto que es de vida o muerte para mucha gente, hay manera de dar prioridad al derecho a la vida?

Como si todos los horrores fueran pocos, están los venezolanos que intentaron rehacer su vida en otros países latinoamericanos y se acaban de encontrar con el desastre mundial del coronavirus. Ya nadie los quiere, porque son transeúntes que no benefician de los seguros locales y menos todavía de ayudas sociales. Tratan de regresar a pie a Venezuela y se encuentran con las trabas que impone una pandemia, en la cual el contagio es considerado un peligro del que todos intentan apartarse.

A los migrantes, el mundo se les hizo chiquito. Nadie los quiere. Todos los temen por el posible contagio. Ni en su propia tierra encuentran compasión y en vez de recibirlos de vuelta con los brazos abiertos, los tienen hacinados, durmiendo en el piso, junto a la frontera del Táchira, si hemos de creer lo que informan los reporteros tachirenses.

Me dirán que les describo una situación dantesca, pero desgraciadamente esto es lo que hay.

  

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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