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JURATE ROSALES: Los hijos del coronavirus

Los hijos del coronavirus 

 

Por JURATE ROSALES 

“Cerrar colegios debido al Covid-19 produce daños permanentes y amplía las desigualdades”, afirma en su título un inusualmente largo artículo de la revista británica The Economist. El tema abarca situaciones en prácticamente todo el globo terrestre, donde cada país es víctima de la endemia y explica cómo cada nación resuelve –o no– el tema de las escuelas en tiempos del coronavirus.

Simultáneamente, con esa misma fecha del 28 de abril 2020, una sesión de la Asamblea Nacional venezolana -presidida por Juan Guaidó- denunciaba lo declarado por el régimen de Maduro, de que se culmine el período académico 2019-2020 a través de actividades escolares a distancia por la pandemia. Lo cual, de seguir las instrucciones de Maduro, amenaza con terminar un año escolar perdido, sea por tener que repetirlo, o por dejar pasar a muchos niños sin que la mayoría hayan cursado las materias del pensum. Porque es allí donde surge una imperdonable diferencia entre los alumnos que lograron seguir estudiando munidos del Internet, y los que por no disponer de una computadora quedaron sin clases.

En Venezuela, el esfuerzo de proseguir con el pensum escolar se hizo en la mayoría de los colegios privados con alumnos cuyas familias disponen del Internet en sus hogares, quedando abandonadas a su suerte la mayoría de las escuelas públicas, sobre todo en el interior del país, donde numerosos hogares no disponen de Internet. Además de que con la frecuente interrupción de la corriente eléctrica e incluso del acceso permanente a la red, la continuidad se hace muy deficiente.

Fue cuando la presidente de la Comisión de Educación y diputada por el estado Lara, Bolivia Suárez, tomó  la palabra en la Asamblea Nacional y se refirió al deterioro acelerado de la educación. Consideró fundamental consultar a la Universidad Pedagógica Experimental Libertador y a las Escuelas de Educación de las universidades, y también a las federaciones sindicales y organizaciones civiles de docentes. Recalcó la necesidad de diseñar y articular un plan de apoyo inmediato a la educación básica en sus distintos niveles y modalidades, “siendo parte de la defensa de la educación como derecho humano fundamental, para presentarlo, considerarlo y aprobarlo en la plenaria de la Asamblea Nacional”. Dentro de los planteamientos de la diputada Bolivia Suárez, la formulación de las previstas decisiones por aprobarse tendrían rango de ley.

Temo que entre las múltiples tareas que se presentarán después del desastre chavista, estará también la urgente necesidad de sanear la educación venezolana de un mal profundo, que los años de democracia habían arrancado de raíz y que el chavismo reimplantó: la diferencia del nivel de educación entre ricos y pobres. En un país que por costumbre y norma impartía la educación primaria al 100 % de toda la población y a todos por igual, por primera vez en más de un siglo, aparece una infranqueable diferencia entre quienes tienen clases y quienes han sido separados e imposibilitados de estudiar, por el hecho de no disponer de una computadora en su vivienda. Con el daño adicional de que en muchos hogares que disponían del Internet ese servicio se dañó y no ha sido reparado, presuntamente por falta de repuestos en el país.

No se trata solamente en este año escolar 2019-2020 de los colegios que imparten -debido a la pandemia- las clases por Internet (que ya desde un inicio aparece una enorme diferencia entre familias donde los hijos disponen de computadora y las familias que por alguna razón la tenían y ya no la tienen o nunca la han tenido), sino que además se interpone el todavía más primario hecho de quienes comen y quienes pasan hambre. Desde el inicio de sus vidas, estos niños sin educación impartida digitalmente cuando los demás se adelantan por esa vía,  y sin alimentación sana,  arrastran  una desventaja inicial para cuando lleguen a adultos y entren en sus años productivos.

Otro renglón analizado por la revista The Economist versa sobre la importancia de las edades previas al estudio como cuando el niño absorbe muchas informaciones que no son todavía las que imparten los manuales de tal o cual materia. Sorpresivamente, el autor atribuye al niño de 9 años más importancia formativa que a uno de 15: “y si es dejado sin atención, los efectos podrían permanecer toda la vida”.  O sea, que a los 9 años es cuando (en opinión del experto) más formación y atención cabe prestarle al niño.

Con ese cúmulo de información que contiene la revista, vuelvo a pensar en los niños venezolanos. Me pregunto qué hay y qué quedará en la mente de un niño cuya infancia transcurre en una época sembrada de situaciones que en muchos casos la humanidad enfrenta por primera vez dentro de las actuales circunstancias. Si el coronavirus ya es -con su actual parafernalia para evitar el contagio- un caso que habrá marcado una generación en todo el globo terráqueo, a los venezolanos les toca de añadidura enfrentar, además, del virus a muchos otros avatares, empezando por la escasez de agua y luz eléctrica.

Los niños venezolanos de hoy observan un regreso a tiempos de fuego con leña y además aderezado del tal virus que obliga a grandes y chicos a utilizar máscaras para protegerse, lo que engaña, porque contrariamente a otros países, toca a todos prescindir de precauciones buscando conseguir el modo de vida y la comida. Venezuela habrá sido para los niños de hoy un lugar donde lo imprescindible supera el cuidado de evitar un contagio. Con eso, crece una nueva generación, de la que todavía no sabemos cómo reaccionará cuando lleguen a adultos.

Los naturales avances adquiridos en Venezuela en materia escolar, a lo largo de los últimos cien años, parecen haberse perdido, por cierto, gracias a una locura de gobernantes imbuidos de fantasías que arruinaron el país y actualmente ya afectan a la generación futura. Tenemos, por lo tanto, que nos crece una generación de venezolanos que asumirá su vida adulta lastrada -o quizás beneficiada- de una serie de circunstancias que nunca antes generación alguna de ese país ha experimentado.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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