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Jurate Rosales y Macky Arenas: Venezuela frente a las calamidades

La situación de Venezuela, bajo las calamidades impuestas por la severa escasez de alimentos y medicinas, el estado deporable de los servicios básicos, los saquos y la violencia durante la cuarentena, es abordada por dos destacadas periodistas venezolanas, Jurate Rosales y Macki Arenas

El diario de Jurate

 

Por JURATE ROSALES

Siempre me ha llamado la atención el empeño  internacional de no resaltar las múltiples singularidades históricas venezolanas, que parecen haber separado continuamente el destino de ese país, empezando que fue la primera tierra continental que pisó Colón en América, continuando con su obligada democratización desde el inicio, por  no haber sido nunca un virreinato, y por ende, lógicamente la nación “libertadora de América”, cuando las demás todavía se confundían sin lograr adaptarse a la inmediata democratización. Sin embargo, los venezolanos. después de haber sido los primeros, “primogénitos” según los cumaneses, perdieron esa ventaja que debía haber sido decisiva.

Fueron varios siglos de pérdida de las ventajas iniciales. Unas absurdas rivalidades “montoneras” no sólo despojaron continuamente a la nación de la capacidad de forjar la riqueza, sino que también le quitaron un pedazo de su territorio de gran riqueza petrolera, el Esequibo. Venezuela es el país que ha perdido un territorio ni siquiera con una guerra, sino por la ceguera de sus gobernantes.

En vez de aprovechar la triple ventaja de haber sido el primero en tomar posesión de tierra continental en América, primero en conquistar su independencia en Sur América, y sobre todo, el más aventajado durante todo el siglo XX por la riqueza petrolera, Venezuela es ahora el país más destruido  del continente, nuevamente, sin siquiera una guerra.

Esa tierra dotada de todos los bienes del subsuelo, de su suelo y de un mar abierto a América y Europa, nunca había conocido un tal grado de penurias como ahora. Cuando todo lo de ella sólo prometía la mayor riqueza, sus propios hijos la condenaron a la destrucción en absolutamente todos los campos y aspectos, terminando con lo último que quedaba, que era el petróleo.  El país más rico en reservas petroleras del globo terráqueo, ya no sabe extraer de su propia tierra algo tan necesario como el combustible.  Eso, después de haber construido las dos refinerías más grandes del continente, que la impericia gubernamental terminó destruyendo.

En medio de la destrucción bajo todos los ángulos, llama la atención la muy poca atención de los venezolanos en cuanto a la pandemia del Corona Virus que azota a todos los continentes. Es tanta su propia aniquilación, lo de ellos es un drama tan profundo, que la pandemia se interpreta casi como un mal menor. En cierta forma, efectivamente, lo es dada la ausencia casi total de la gasolina y por ende la imposibilidad de movimiento de la gente, lo cual lógicamente disminuye el ritmo del contagio –por lo menos hasta ahora– digamos que por el momento.

Nuevamente, igual que en toda su Historia, Venezuela escapa de las normas en el resto del continente. Cuando el mundo entero padece y combate la pandemia con máscaras y aislamiento individual, en Venezuela, las zonas populares se ven llenas de gente ansiosa de conseguir algún sustento para que la familia logre comer, fuese solamente en ese día, porque mañana se repetirá esa misma búsqueda que ya es diaria para la mayoría de la población. En los barrios despojados de todo, incluso de los más elementales servicios, como lo son el agua, la luz eléctrica o el gas de la cocina, no hay prioridad histórica por vigilar – lo que apremia, es comer.

La pandemia, sí hasta ella, tiene en Venezuela un rostro muy distinto del resto del mundo, porque se le agregó un drama adicional con el regreso de los emigrantes, desprovistos bruscamente en los países huéspedes de la protección social y sanitaria que protege a los ciudadanos y residentes legales. En todos los países afectados por la pandemia, la prohibición de circular y la orden de resguardarse en el hogar, dejó a los transeúntes venezolanos a la intemperia. En manadas y a pie, emprendieron el regreso a Venezuela, aglomerándose junto a la frontera, donde en vez de recibirlos y darles albergue, son encerrados en cuarteles militares venezolanos con orden de cumplir la cuarentena, por considerárseles posibles portadores del contagio.

Según la Voz de América, para asistirlos en la frontera entre Colombia y Venezuela, “el Secretario de Fronteras de Norte de Santander, Víctor Bautista, expresó que están en diálogos y coordinación con autoridades venezolanas para que haya un cruce de migrantes por la frontera, de forma organizada. “Estamos intentando que las autoridades venezolanas reciban diariamente de 300 a 400 personas para que pasen a su país de origen. Vienen de varias ciudades, y en la frontera les brindamos atención en salud porque entendemos que tienen dificultades para cruzar en la zona de frontera”.

Al 1º de mayo 2020, la Secretaría de fronteras colombiana confirmó que en abril, más de 10 mil venezolanos retornaron a su país. Esa cifra debe haberse incrementado diariamente desde entonces, con el agravante que al saberse de una cuarentena en condiciones “militares” al llegar a Venezuela, es muy probable que cierto número de retornados hubieran optado por preferir los caminos verdes en una frontera tradicionalmente porosa.

En Venezuela, los retornados encuentran a un país agobiado por el hambre y paralizado por el doble impedimento de movilizarse por las  normas de la pandemia y por la casi total falta de comunicaciones debido a la ausencia de la gasolina. Lo cual a su vez, impide el traslado de los alimentos (lo que todavía se consigue) desde sus lugares de producción hasta los del comercio. Considerando además, de que tengan como pagar sus alimentos, cosa poco probable después del traumático regreso.

Veamos ahora las demás noticias del momento: el fallido desembarco para tumbar al gobierno, los anuncios del presidente legítimo Juan Guaidó, los del mandatario de facto Nicolás Maduro y hasta el silencio del verdadero dueño del país, el ministro de la Defensa Padrino López. A muy poca gente parece haberles importado lo que en otro tiempo hubiera sido noticias bomba.  Cuidado si más atención habría merecido el enfrentamiento de varios días entre las más temibles bandas irregulares en la mayor barriada de Suramérica, la de Petare.

Por ahora, la pandemia con sus cifras de contagiados y/o muertos sólo se menciona por el inconveniente de las máscaras que algunas fuerzas del orden y los propios ciudadanos exigen que se observen … más  o menos. Las cifras de los contagiados las declara diariamente la vice presidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, y a primera vista, parecen pocas. Nadie sabe cuál sería la cifra real en un país donde los hospitales están en ruinas, pero es muy probable que efectivamente, dada la dificultad de movimiento de una población sin manera de trasladarse por falta de gasolina y con todos los sitios de trabajo cerrados por orden gubernamental con la excusa de la pandemia, efectivamente el contagio puede haberse frenado.

La más fidedigna información sobre el probable curso de la pandemia que hasta ahora existe en Venezuela, es un informe de la Academia de Ciencias Físicas Matemáticas y Naturales, que proyecta un pico de mil casos de Covid 19 después de la primera semana de septiembre.  El informe completo está disponible en los medios y su seriedad es tanto más alarmante, en cuanto que sabemos de la imposibilidad de atender tal número de enfermos en un país cuyos hospitales han sido descuidados en las últimas dos décadas. Dado que el estudio se refería a una población estable, con el nuevo aporte de los regresados es muy posible que el contagio se acelere. ´Por el momento, no hay muchas señales de un mayor contagio en Venezuela si bien los pronósticos obviamente no son alentadores.

Viendo en este momento la situación global del país, está que las restricciones impuestas por la pandemia facilitan al gobierno de Maduro incrementar el control de la población y esto es lo que más parece percibir la gente. Sumada esta paralización al cada vez más imposible suministro de los alimentos (falta de gasolina) y la creciente desaparición del bolívar como signo monetario capaz de cubrir las necesidades de la gente (lo que circula es el dólar), personalmente no veo a dónde vamos a parar.

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Conflictividad en Venezuela, un ascenso que puede ser explosivo

Por MACKY ARENAS

Si bien es cierto que la cuarentena en todo el planeta consiguió controlar los índices de violencia, y delitos varios, no ha sido así en la atípica Venezuela. En una sola semana murieron de manera espantosa casi 50 reos en un penal por causa de un intento de fuga y en el barrio más grande de toda Latinoamérica –ubicado en la zona sureste de la capital- si bien se ignora el número de víctimas, lleva una semana viviendo el terror de enfrentamientos a tiros entre bandas armadas.

Una vecina de la zona, mujer humilde atrapada entre el miedo y la necesidad de acudir a su trabajo, consultada por Aleteia, se expresó así:

“Estamos cerrados, no dejan que circulemos por ninguna parte. A cada momento hay que echarse al suelo para evitar las balas perdidas. Tenemos hijos y estamos aterrados. ¡Que Dios nos agarre confesados!”. Más cerebral se expresaba un analista: “Se entrecruzaron la violencia social, económica y política, construyendo un escenario catastrófico. No hay poro de nuestra vida que esté exento de los efectos de este mal. Se trata de una violencia sistémica, estructural”.

 

El estado de alarma activó la zozobra

Según el Observatorio Venezolano de Violencia, a pesar de la medida de cuarentena social decretada desde el 16 de marzo por el gobierno de Nicolás Maduro a causa de la pandemia del Covid-19 (coronavirus), siguen configurándose hechos de violencia en la región capital, a lo que se suma el abuso de poder por parte de los cuerpos de seguridad municipales y estatales para hacer cumplir la orden gubernamental.

A su vez, la ejecución de la medida de cuarentena también ha dado cabida a prácticas cuestionables por parte de los cuerpos policiales y militares.

“Estos hechos dejan ver –enfatizan-  que a pesar de las medidas tomadas durante el estado de alarma decretado por el gobierno para combatir el Covid-19, la situación se presta para que se cometan con exceso acciones violentas o a discreción de los funcionarios para resguardar la seguridad de los ciudadanos ante esta pandemia”.

Más impresionantes son los prolongados combates, con utilización de armamento de guerra, entre grupos delictivos que mantienen en zozobra a miles de familias residentes en una barriada caraqueña famosa por su tamaño que excede al de todo el estado Mérida en extensión territorial, alcanzando, además, mayor densidad demográfica que cualquier entidad federal del país: Petare, enmarcado en el municipio Sucre de la zona metropolitana de Caracas.

Por más de una semana se han enfrentado esas bandas. Siendo Caracas un valle y con la caja de resonancia del cerro El Ávila detrás, los tiroteos se escuchaban por doquier, día y noche. Ha sido solo al cabo de siete días cuando el régimen resolvió presentarse en el lugar. Los accesos a Petare, en el estado Miranda, amanecieron este viernes 8 de mayo completamente cerrados luego del operativo mixto policial que inició el régimen de Nicolás Maduro para, supuestamente, capturar a alias Wilexis y su banda.

El diario El Nacional titulaba: “Nadie puede salir: cerrados los accesos a Petare tras fuerte operativo policial”. Así describen la decisión de Nicolás Maduro de desplegar sus fuerzas policiales luego de varios días de enfrentamientos entre bandas rivales en el barrio José Félix Ribas.

“Con indignación y asombro –se lee en el editorial del Boletín del Centro Arquidiocesano Monseñor Arias Blanco– durante varios días hemos sido espectadores de una guerra sin cuartel, entre mega bandas delincuenciales, en el sector José Félix Ribas de Petare, al extremo este de Caracas, zona suburbana más poblada de la capital venezolana”.

Citan el parecer de analistas según los cuales esto es el resultado de la política de “Zonas de Paz” iniciada por el Gobierno en 2013, mediante la cual cedió los territorios populares a los grupos delictivos que operan en estos sectores, a cambio de fidelidad, apoyo y reducción de la afectación a las comunidades. Ha quedado claro que la situación está fuera de control.

Hacia una catástrofe humanitaria

Un portal de la Asamblea Nacional realizó una encuesta a fin de seguir y evaluar el desarrollo de la pandemia en Venezuela, con énfasis en la prestación de los indispensables servicios públicos a lo largo del confinamiento. El estudio se llama Encuesta Nacional Impacto Covid-19.

95% manifiesta sufrir escasez de alimentos y el 98.6% manifiesta que carece de ahorros para enfrentar los gastos en cuarentena. Al 6 de mayo 92.7% de los encuestados señalaron constantes interrupciones del servicio eléctrico; el 96.7 escasez de agua, con racionamiento y baja calidad del líquido incluidos; el 76%  reporta fallas en el suministro de gas doméstico; el 96.7% se queja del transporte público y el 98% denuncia graves problemas para obtener combustible vehicular (con Información del portal Comunicación Continua).

La libre circulación de alimentos y otros insumos se acentúa por la falta de gasolina, aparte de que el gobierno de Maduro sigue empeñado en impedir el paso de ayuda humanitaria. A esto se agrega la nula transparencia en la información, la persecución al personal de salud -ningún médico puede en Venezuela expresar su parecer profesional sobre el coronavirus, so pena de ir preso; de hecho, ya algunos han sufrido la pena- y la acentuada represión.

No es difícil comprender, entonces que la escalada de violencia vaya pareja a estos niveles de insatisfacción. Mientras todo ello ocurre, la tensión crece en el país y hay quienes vaticinan que vamos hacia una catástrofe humanitaria de proporciones inimaginables.

Escenario caótico

La conflictividad social va en incremento, de ello no cabe duda. El ambiente de tirantez podría cortarse con cuchillo. El Ejecutivo, que ha visto en estos días como la situación se le escapa de las manos, acude al expediente de las teorías conspirativas.

Tal cual lo registra el sacerdote jesuita Alfredo Infante, durante la primera semana de mayo de 2020 hemos sido sacudidos por una explosión de violencia generalizada. Según lo registra en su más reciente escrito, “La destrucción de Pdvsa y la depresión de los precios del petróleo en el mercado internacional tienen al país paralizado, sin combustible, lo que ha puesto en alto riesgo el abastecimiento de alimentos en las principales ciudades. Ante este escenario, el Gobierno de Maduro, irresponsablemente, ha reiniciado el proceso de acoso y ocupación de las empresas de alimentos, las únicas que han hecho posible la subsistencia del venezolano”.

Naufragando entre poderes ciegos

Los sectores políticos llevan una agenda aparte del resto del país. Parecen desconectados de la realidad, lo cual nota hasta un despistado.  “Hay resistencia –acota Infante- de lado y lado, a pasar del paradigma de la guerra al paradigma de la política, de la palabra, de la negociación”.

Lapidario, describe con presión y pocas palabras lo que sucede: “Cuando creíamos haber tocado fondo, aparecen nuevas estupideces y torpezas que nos hunden más. El ejercicio de la política, por parte de los actores con poder, está haciendo de nuestra tragedia una «tragicomedia», que da vergüenza ajena”.

Y pone la atención que el avance de la política de acoso y criminalización contra las ONG de derechos humanos que, como Provea, exigen el respeto a la vida y dignidad de la mayoría de la población, víctima principal de esta tragedia cotidiana que vivimos los venezolanos.

“Como Iglesia –asegura Infante- seguiremos insistiendo en la necesidad de entender que, sin un acuerdo por la vida, pereceremos como idiotas y que nunca es tarde para negociar y acordar por el bien de Venezuela”.

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