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CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO: Santos del balcón de al lado

Santos del balcón de al lado

 

La Crónica Menor – CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO

Se prolonga la cuarentena sin rumbo fijo para la inmensa mayoría de la población. Está bien el confinamiento pero no es suficiente ni lo único. Hay gente que grita “prefiero morir del virus y no de hambre”. Se contabilizaron en el mes de abril 716 protestas, a un promedio de 24 diarias y no nos enteramos. Las histerias y depresiones de mucha gente de todas las edades aumentan. Llegan noticias de violencia intrafamiliar y varios casos de suicidio, incluido el infantil. El hambre ha hecho crecer los delitos contra la propiedad y las muertes violentas superan con creces a las cifras de fallecidos por coronavirus. Mientras, las noticias giran exclusivamente en torno a invasiones reales o supuestas, con visos de serie de suspenso en los que no se tiene idea clara de donde está la realidad y donde la ficción campea. El desconcierto es general y la vida continúa pero sin rumbo fijo.

Los analistas internacionales señalan que la postpandemia traerá consecuencias nefastas en la economía y la convivencia diaria. Se multiplican las investigaciones tanto de científicos como de conductores sociales para asumir el futuro con tino. No pareciera que entre nosotros esto se esté dando. Como vaya viniendo iremos viendo. Esta postura convierte el futuro más tenebroso para la alicaída situación del país.

Mientras, buena parte de la gente recurre a la iglesia buscando paz, sosiego y esperanza. Hay que reconocer el esfuerzo por estar presente, cercano, solidario con todos, en particular con los más vulnerables. Se multiplican las iniciativas caseras, con enorme creatividad, pero sobre todo, con el afán de compartir y servir. Sin oro ni plata pero con gestos que se convierten en bálsamo de fraternidad y devuelven la sonrisa a los rostros angustiados.

No estamos cruzados de brazos, se exploran nuevos caminos y nuevas presencias, virtuales las más por las restricciones sanitarias y la imposibilidad de movilidad, pero dando desde la pobreza, desde la generosidad de muchos, ricos y pobres, para llevar algo a los agotados bolsillos de la gente sin trabajo. Lo que más se agradece es que el bien se realiza sin distingos, sin pedir identificación de ningún tipo. La necesidad, material, espiritual, anímica no tiene otro rostro sino el que descubre el buen samaritano que lo ve en quien está en la cuneta. De la mano, creyentes e indiferentes, profesionales y gente de a pie, personal sanitario y los que salen a vender o a comprar lo poco que pueden. Desaparece la moneda nacional. Todo está tasado en dólares y en las regiones fronterizas en pesos o reales.

Caritas y las muchas instituciones con corazón inventan acciones para ayudar a los más necesitados. Profesores intentan mantener viva la inteligencia de los alumnos mediante medios que van desde el uso de las redes, a quienes tienen acceso a ellas, como a la distribución de tareas que van más allá de la clase tradicional para animar el alma musical, la actividad teatral o deportiva para que los jóvenes no se sientan presos de la inanición. Sacerdotes, hermanitas, hombres, mujeres, jóvenes se unen para atender de mil maneras al prójimo. La fe en Jesús se hace presente con el testimonio y la convicción de que el amor a Dios se mide por la solidaridad con el otro.

El Papa nos invita a descubrir y actuar sin proselitismos, descubriendo que la santidad, la virtud del servicio está mucho más presente de lo que pensamos, y la vemos en quien menos creemos que la pueda tener. Porque el bien siempre triunfa sobre el mal, aunque la discriminación desfigure el rostro amable de la belleza y la verdad. No hay cabida para la desesperanza sino para inventar el futuro. Gracias a Dios.

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