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JURATE ROSALES: Destrucción en lo humano, económico y ecológico

Destrucción en lo humano, económico y ecológico 

 

Por JURATE ROSALES 

¿En qué la destrucción de Venezuela supera incluso a las más devastadoras guerras que el ser humano sabe infligir a otros seres humanos? En este momento, temo que Venezuela sobrepasó lo que hasta ahora se consideraba “lo peor”.

El comunismo siempre fue destructor y lo conocí en Europa cuando existía la Unión Soviética. Uno de sus más constantes avatares –además de la destrucción del núcleo familiar disgregado por las presiones políticas y económicas– es la necesidad de escoger entre sumisión y rebelión. Siendo la primera plegarse a las exigencias del sistema, y la segunda enfrentar las consecuencias por haber intentado usar de la libertad individual.

Además, el comunismo siempre actuó acoplado con la destrucción del tejido económico que define la prosperidad de una nación y de eso lo que más tenemos cerca, es que Cuba destruyó sus campos de caña de azúcar y los de tabaco –que eran sus principales fuentes de exportación y de riqueza. Dentro de ese mismo sistema, Venezuela se despojó– como podemos verlo ahora –de su explotación del petróleo. En ambos casos jugó –ni siquiera la voluntad del gobierno– sino el sistema.

Recuerdo que Fidel Castro luchó por salvar los cañaverales cuando se dio cuenta de que perdía una importante fuente de ingresos, e incluso instauró la norma de mandar a las escuelas a trabajar en la zafra como último recurso para evitar la pérdida de lo que era la principal riqueza de la isla. Del mismo modo como ahora Maduro suplica a Irán echarle un cabo para producir gasolina. En ambos casos –ya sabemos– fueron y ahora son patadas de ahogado.

El sistema comunista siempre fue destructor más por su esencia que por voluntad –baste recordar que Ucrania, al principio del siglo pasado, tenía el apodo de “granero de Europa” por su extensa producción de trigo, que Stalin redujo a unas famosas hambrunas por destrucción de cosechas y finalmente acabó transformando en desierto enormes campos de siembra. (¿Les suena a algo parecido a la producción actual de los estados agrícolas venezolanos? Pues sí, es el método, más que la voluntad del hombre).

Insisto y repito: más que la voluntad del hombre e incluso de un gobierno en particular, es el sistema que por su esencia se transforma en destructor. Dejando la agricultura y ganadería que han sido en Venezuela sus principales víctimas, el sistema es destructor en muchos otros ámbitos en los que algunos países comunistas han podido resistir mejor que otros, si bien todos terminaron siendo emporios de pobreza.

Es cuando observo que Venezuela, nación que cerró el pasado siglo siendo ejemplo de creación de cultura y riqueza, es actualmente víctima no en un renglón, no en uno de los ámbitos, pero en todos al mismo tiempo en cuanto a la destrucción. En mi opinión, viendo los hechos, no encuentro ni un sólo ámbito en Venezuela, donde la destrucción –sobre todo de producción de cualquier tipo– no haya sido destruida diríamos que hasta sus cimientos.

Usted me dirá que no, que sobrevivió la fuerza armada, las policías, el gobierno de Maduro moldeado a la imagen de Hugo Chávez y existe un tejido cuidadosamente urdido de alianzas afines, amparadas por una igualmente sofisticada red de organismos internacionales, empezando por muchos albergados en las Naciones Unidas. Efectivamente, estos son los nexos que todavía mantienen vivo el sistema chavista en Venezuela.

Por supuesto que son entelequias, sostenidas por redes interesadas en que no desaparezcan. La pregunta es y ¿cuánto de eso todavía se sostiene en Venezuela? ¿Por cuánto tiempo más? ¿A qué precio humano, económico y ecológico?

Si bien la pandemia del virus chino ha congelado temporalmente el tiempo no sólo en Venezuela, sino en el mundo, con una pérdida de vidas humanas que en Venezuela apenas se empiezan a contabilizar, el porvenir de la nación no puede mantenerse congelado eternamente. Llegará el momento de retomar las actividades y aparecerá que ya no hay nada que activar. Que las refinerías son de Irán, el trigo viene de Rusia, siembra no hay ni tampoco agua corriente, no hay ni gas, ni luz eléctrica y por supuesto nada de transporte. Ya no será posible culpar de esas penurias a la pandemia del virus chino. ¿Y entonces?

Posiblemente habrá un suministro abundante de bozales chinos, que por defectuosos ya los rechazaron en Europa y aquí servirán para aparentar.

¿Es esto lo que les espera a los venezolanos una vez “finita” la pandemia?  Y finalmente una vez más ¿para qué sirve la fuerza armada? ¿Para proteger el país o hacerles carantoñas a chinos, cubanos, rusos y paren de contar? ¿Acaso no tienen bandera que honrar ni país, con su población, que desde hace tiempo debían haber defendido?

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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