Rafael Poleo / Corto y Profundo

El destino se cumplió

Gallegos: El hombre que prefirió ser derrocado a dar un mal ejemplo
Hoy 2 de agosto se está recordando el 136° aniversario natalicio de Rómulo Gallegos. A su casa, la quinta Sonia, llegué de la mano de Ricardo Montilla, el dirigente adeco que lo llevó al llano. Un mes en aquella tierra “toda caminos, como la voluntad” le bastó al maestro para aprehenderla y escribir “Doña Bárbara” y “Cantaclaro”. En este capítulo de mi todavía inédito libro -“Testigo de mi Tiempo”- cuento cómo fue aquel hombre extraordinario que prefirió ser derrocado a dar un mal ejemplo histórico y salir al exilio con “su pálida Teotiste”, y regresar sin ella.
Testigo de mi tiempo
gallegos poleo
Rómulo Gallegos recibe a Rafael Poleo en su casa.

—Yo no lo he leído a usted.

—Yo tampoco lo he leído a usted.

Las frases, breves y secas, fueron dichas con la aspereza externa que a ambos les era propia y conocida. Sin cordialidad, sin cortesía, aunque sin acrimonia ni ánimo de ofender. Sólo porque así era.

Los dos sexagenarios que acababan de conocerse mostraban un desgaste mayor que el correspondiente a su edad. Rómulo Gallegos, el anfitrión, pesado y moreno, jamás abandonaba el cigarrillo que terminaría taponeándole las arterias. William Faulkner, el visitante, rubio y menudo, era un alcohólico convicto y confeso, devoto del corrosivo bourbon de Tennessee. Gallegos hablaba como si cada frase fuera la única que estaba dispuesto a pronunciar. Faulkner, como si estuviera pensando en otra cosa. Ninguno de los dos asomó siquiera un amago de sonrisa.

Gallegos siguió, como explicándose con el visitante:

—No sé inglés y no me gusta leer traducciones. En mi tiempo sólo aprendíamos francés.

El intérprete tradujo para Faulkner y a partir de ese momento se volvió innecesario, porque el Nobel contestó en francés y la conversación siguió en ese idioma, sobre cosas del oficio, viajes, modos de vivir.

Quizás arrepentido de su impremeditada aspereza —después de todo Faulkner era su visitante en la casa de Altamira donde el expresidente venezolano se alojó al regresar del exilio—, Gallegos siguió dando explicaciones que no se le pedían:

—Mis lecturas son de la juventud. De adulto no he leído mucho. Cuando estoy escribiendo no leo, porque eso puede influir sobre lo que escribo, y cuando termino de escribir un libro quedo tan agotado que ya no quiero sino descansar.

Faulkner apuntó que un buen escritor no tenía por qué ser un buen lector. De hecho, él no lo era, admitió, y casi se rió, de una manera desagradable, más bien con una mueca.

En ningún momento Gallegos se refirió al largo exilio del cual acababa de regresar. Sólo comentó que de Estados Unidos realmente sólo conocía Arizona, cuya universidad le tuvo como invitado, y lo que pudo ver en un viaje a Washington como Presidente de Venezuela. El presidente Truman le impresionó por su sensillez y claridad de ideas, y le sorprendió llevándole a un pueblo llamado Bolívar, en Missouri, su estado natal. Faulkner confesó haber viajado poco. Ahora lo hacía por Latinoamérica en visita de buena voluntad por encargo del Departamento de Estado. No tocaron la política. De lo que hablaron con mayor interés fue de su trabajo como guionistas de películas, oficio colateral que ambos novelistas habían ejercido para ganarse el pan, Gallegos en México, cuya industria cinematográfica era entonces pujante, y Faulkner en Hollywood.

Los fotógrafos hicieron su trabajo y se retiraron. Ricardo Montilla, quien por años era quien se ocupaba del bienestar de aquel hombre excepcional que pensaba poco en sí mismo, permaneció cerca, y yo a su lado como amigo de Ricardo que meses antes había sido introducido por él ante Gallegos, a quien luego había visitado varias veces, de manera que ya no le era extraño al escritor.

Faulkner había recibido ese año el Nobel de Literatura y recorría países en misión de acercamiento cultural. Ese trabajo de relaciones institucionales, que le daba algún dinero al cabo de una existencia pobrísima, no mejoraba el talante desconfiado e impaciente —pura timidez, podía ser, como en el caso de Gallegos—, que le hacía ingrato a casi todo el mundo. Porque Gallegos tampoco era lo que se llama una persona agradable, aunque al tratarlo se descubrían su timidez y su viril ternura. Los años y el exilio le habían acentuado el aire de resignada lejanía conque miraba todo y a todos. Su mujer, a quien había sido delicadamente fiel, había muerto durante el exilio —“Tu pálida Teotiste”, la había llamado Andrés Eloy, afinando el adjetivo. Desde esa pérdida el entorno parecía importarle cada vez menos.

Finalmente el ambiente se distendió, como si cada uno de los dos caballeros se hubiera arrepentido de su inicial descortesía. Empezaron a entenderse dos filósofos, cada uno de los cuales atribuía al distinguido interlocutor tan escasa importancia como a sí mismo. Esto les identificó y acercó en la conversación, que se extendió hasta más de lo pautado en el programa del visitante.

— o —

En los muchachos de mi generación, el mito de Gallegos, como el de Betancourt, lo habían sembrado los profesores de filiación democrática que, irradiados por eso de los liceos oficiales, se refugiaban en institutos privados como el Colegio Santa María, de doña Lola Rodríguez de Fuenmayor Rivera, mujer de extraordinario temple, energía y generosidad, y el Liceo Cultura, del viejo poeta Dionisio López Orihüela. En mi caso, fueJosé Alberto Velandia (1) quien se encargó de ilustrarme sobre la dimensión de quien había sido el maestro de la Generación del 28. En el aula, Velandia enseñaba Química y Mineralogía. Fuera de ella, era maestro de Política y Hombría. En voz bajona se contaba cómo fue arrojado una noche, semiinconsciente después de cierta horrible tortura, en la celda de Ramón J. Velásquez. Para sus alumnos era una leyenda viviente, igual que el guasinero José Ángel Ágreda, profesor de Física.

Velandia solía reconvenirme sobre mi aparente dispersión, producto de un interés por todo que con el tiempo me daría el “océano de conocimientos con un centímetro de profundidad” útil a un periodista pasablemente bueno. “Cuídate del dilettantismo”, era su más frecuente advertencia, que por cierto se me hizo inolvidable al punto de que todavía me sale al paso cuando me disperso. Fue él quien puso en mis manos un ejemplar clandestino de Venezuela política y petróleo, el libro, certero como interpretación y eficaz como panfleto, escrito por Rómulo Betancourt en el exilio. También quien me inició en la personalidad áspera y honrada de Rómulo Gallegos, a quien luego habría de conocer y frecuentar llevado por Ricardo Montilla.

El cine mexicano había hecho tolerables películas con varias novelas del maestro venezolano. La dictadura -que, como si no fueran suficientemente detestables, además son ridículas-, no las dejaba exhibir en Venezuela, así tornándolas en piezas misteriosas y en consecuencia más atrayentes. De modo que cada venezolano podía tener su propia idea de cómo era físicamente Doña Bárbara, mientras en el resto del mundo se arraigaba la imagen de una bellísima señora que alzaba la ceja con aletazo de águila, como lo hacía María Félix, la actriz mexicana que, escogida por el propio Gallegos, la encarnó en el cine. Menos se podían conocer en Venezuela La brizna de paja en el viento, novela originada en su exilio cubano, donde Gallegos prefiguró el rumbo trágico del país que le dio asilo, y La brasa en el pico del cuervo, homenaje a la tierra mexicana que le acogió y le honró.

Gallegos vivió incómodo en Cuba, donde el gobierno de Carlos Prío Socarrás le brindó hospitalidad cuando el escritor llegó a La Habana tras ser derrocado por los militares en 1948. Jamás fue a los famosos almuerzos de poderosos y aspirantes a serlo que Miguel Ángel Quevedo, el temido editor de Bohemia, ofrecía los domingos en su casa de playa, en Varadero. Gallegos me contó que apenas llegado a La Habana le ofrecieron una “botella”, irónica manera de nombrar una institución de la política cubana por la cual los amigos del gobierno recibían una asignación mensual por falsos servicios a un despacho oficial y, si se era de confianza, un número de lotería que por supuesto resultaba premiado. Gallegos lo contaba con resignada amargura, como algo que había colmado su desesperanza de lo que podía ser América Latina.

A aquel maestro que nunca dejó de serlo, una rígida moral le hacía difícil la existencia y en particular el ejercicio político. Su enorme prestigio como autor de Doña Bárbara, eficaz metáfora de la barbarie suramericana, le hizo Presidente de Venezuela con una votación enorme. El poder no borró el desencanto que ya le corroía. Como Presidente siguió siendo el honrado maestro de escuela que había desmejorado sus novelas con largos discursos moralizadores escritos de manera elegantísima pero totalmente extraña al género. Doña Bárbara —y Cantaclaro, que pudiera ser aún mejor novela— estarían entre las grandes obras de la literatura universal si su autor no se hubiese agotado tratando de demostrar que no fue la bala del noble Santos Luzardo la que mató al torvo Melquíades Gamarra. El maestro moralizador no pudo aceptar que al personaje civilizador le cubriera “la gloria roja del homicida”. En materia de ética y moral era absolutamente inflexible. No hacía concesiones cuando se consideraba en la posición justa, que sostenía sin estridencia pero con una firmeza que podía llegar a la terquedad. Todo sin importarle el precio que debiera pagar —en 1948 ese precio fue el derrocamiento y la expulsión casi hasta la hora de la muerte.

Del exilio había regresado con una mortal tristeza. La intelectualidad de medio pelo manejada por la extrema izquierda le escarneció como escritor, ya que no podía hacerlo por su desempeño político o humano. Panfletistas cuya intrascendencia quedaría demostrada por el tiempo llenaron las páginas de diarios y revistas tratando de destruir al Gallegos escritor, ni siquiera en nombre de la literatura, sino de una supuesta ausencia de compromiso político. Por esos días lo entrevisté para la revista Élite.

—Dicen que su novela es burguesa…. —me atreví a comentarle.

Me contestó sacudiendo la falda de su paltó.

—Sí… Es burguesa… Como el casimir…

Por muchos años, especialmente hacia el final, su amigo más devoto fue Ricardo Montilla, un agricultor guariqueño comprometido en la política, ecologista temprano en los años cuarenta. Ricardo fue gobernador —Presidente de estado, era el título formal— del estado Guárico, y ministro de Agricultura y Cría. Como llanero, el mito de Doña Bárbara a Ricardo le llegaba especialmente. Adoraba a Gallegos y podía decirse que de Gallegos era el confidente, en la medida en que Gallegos hiciera confidencias. Yo era amigo de Ricardo por mi infancia guariqueña y por coincidencias humanas y políticas. Quizás también de ética. Estando yo preso en 1975 por cosas del periodismo, me llevó un pequeño tomo de Gallegos, Una posición en la vida, con una larga dedicatoria en la cual Ricardo decía que yo me comportaba como Gallegos recomendaba en el libro. Un exceso de generosidad de esos que a uno le obligan a portarse lo mejor que puede.

Fue Ricardo quien más y con mayor conocimiento me habló del maestro como ser humano y político. Gallegos se sabía incapaz de satisfacer a los militares que en 1945 habían llegado al poder con Acción Democrática. Algunas concesiones que cualquier político llamaría pequeñas le hubieran bastado para mantenerse en la presidencia, pero él las consideraba debilidades que vulneraban la autoridad de la institución presidencial de origen democrático frente al prepotente estamento militar latinoamericano. Los principios le eran tan importantes que prefirió ser derrocado antes que aceptar imposiciones de los poderosos jefes militares. No le importaba si esas condiciones le hubieran permitido debilitar a Betancourt, quien no era exactamente su más ardoroso partidario, y cuyo retiro del gobierno los militares exigían. De hecho, Betancourt, un político-político-político, no encontraba sentido a la manera como Gallegos enfocaba las cosas, y, lo mismo que Andrés Eloy Blanco y otros prominentes factores del régimen, pensaba que Gallegos sacrificaba todo a su intransigencia. Por su parte, Gallegos consideraba que la lección histórica de un presidente que no se dejó manejar por el poder militar, andando los años sería, para la democracia esclarecida que él soñaba, más útil que la mera conservación de un poder adulterado. La expresión real politik aún no estaba de moda, y una persona “práctica” era simplemente un oportunista y un hipócrita.

En los días finales de su breve gobierno, la cúpula militar le solicitó una audiencia en la cual plantearía lo que de hecho eran sus condiciones para no derrocarle. Encabezados por Pérez Jiménez, los jefes militares llegaron al Palacio de Miraflores, donde les recibió el capitán Oscar Zamora Conde, de la Casa Militar. El capitán les condujo a una salita y al salir cerró la puerta. Pasó a informarle al Presidente que los jefes de la conspiración habían llegado, y lo hizo mostrándole a Gallegos la llave de la habitación donde los había encerrado.

—Ahí están los que quieren tumbarlo, Presidente. Los tengo presos. Usted dispone.

Gallegos sonrió ante la decisión del leal y atrevido oficial, pero sin vacilar negó con la cabeza la alternativa que se le ofrecía.

-Deje que el destino se cumpla, —le dijo. Y mandó pasar a quienes le plantearían lo que consideraba inaceptable y le derrocarían justamente por no aceptarlo

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Rafael Poleo

Director -Editor del diario El Nuevo País. Fundador de la Revista Zeta. Presidente del Grupo Editorial Poleo. Periodista. Analista político.

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