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Uribe y Juan Carlos: La caída de dos titanes

Uribe y Juan Carlos: La caída de dos titanes

Por FRANCISCO POLEO

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La caída de un mito estremece, y la semana cierra con la caída de dos. Hablemos primero del Rey Emérito Juan Carlos I. Uno de los principales artífices de la democratización española hizo maletas. Forzosamente, aparentemente con exótico destino Abu Dabi. El eterno conflicto de las dos Españas –analizado por Roberto Mansilla Blanco en una de nuestras tribunas- lo está alcanzando. La dicotomía que ha consumido a los españoles desde hace más de un siglo, monarquía vs república, resurge en el peor momento. En plena pandemia, en el alicaído verano de un país que depende del turismo, justo cuando hay rebrotes del COVID19. Las consecuencias económicas de la crisis serán terribles. Pedro Sánchez deberá afrontar ese sombrío panorama con el enemigo en casa, asediado por independentistas, por la extrema izquierda y por los ultra conservadores. No se ve factible que tienda la mano a los dos partidos moderados, el PP y Ciudadanos. Lo explican mejor las líneas de María Fuster, también en esta plataforma.

¿Puede España, en este momento, meterse en honduras históricas? Lo que está en juego es la monarquía, el pegamento de un país tan regionalista. Los españoles deberán jugar sus cartas con suma precaución. El remedio puede ser peor que la enfermedad.

Del otro lado del Atlántico, otro gigante se derrumba. Gigante por su peso. Guste o no, cargarse a Álvaro Uribe no es cosa menuda. Hablamos del hombre que arrinconó a la guerrilla. De esta manera, acabó en la práctica con más de medio siglo de guerra civil. El país, finalmente, se estabilizó y despegó económicamente. Luego llegó Santos, cuyo tratado de paz con los guerrilleros sólo fue posible porque antes habían sido reducidos a su mínima expresión. Reducidos, además, por un gobierno del cual él fue el ministro de la Defensa. Pero la Historia recordará a Uribe como belicista y a Santos como pacifista.

Si Uribe cometió crímenes, pues debe pagar. Lo mismo Juan Carlos I. Un prohombre debe ser y parecer. Pero la justicia debe emanar de un verdadero deseo de ser justo. La venganza no debe ser el leitmotiv. ¿Por qué el ex guerrillero Jesús Santrich, que podía fugarse y terminó fugado a Venezuela, tuvo la oportunidad de ser juzgado en libertad y Uribe no? ¿Por qué a Juan Carlos I no se le concede la presunción de inocencia? Son tiempos de fusilamientos o exaltaciones inmediatas. La pasión es veneno en la política. Hoy, Colombia está enrabietada entre uribistas y anti-uribistas, al igual que España entre republicanos y monárquicos. Es la receta para la descomposición social.

Nuestra generación da por sentado que el jardín siempre estuvo así de verde. No es así. Hace nada, países como España y Colombia eran juguete de dictadores. Eran campos infecundos. Costó sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas, por parafrasear a Churchill, que salieran adelante. Y, por supuesto, queda mucho camino por recorrer, pero no se puede transitarlo quemando estatuas. Aprendamos de los errores de nuestros predecesores para no repetirlos, pero respetando su lugar en la Historia y entendiendo que la verdad está en los matices. Nadie es absolutamente bueno ni absolutamente malo.

Si la justicia llega desde la venganza, corromperá a la sociedad. Si no es así, la fortalecerá. Que sea lo segundo tanto para España como para Colombia. Ya vivimos en Venezuela la época de la antipolítica, caldo de cultivo perfecto para el populismo. Los enemigos de la democracia y la libertad planean como buitres. No caigamos en la tentación de entregarles la presa.

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