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Líbano, Hizbulá, Bielorrusia…Maduro en un “agosto caliente”

Maduro en un “agosto caliente”

Roberto Mansilla BlancoPor ROBERTO MANSILLA BLANCO – Corresponsal en España

Desde el Líbano hasta Bielorrusia, la geopolítica no descansa en este agosto veraniego asolado por el COVID 19, acorralando a Maduro.

Si los rebrotes del COVID 19 no son suficiente materia de atención a nivel mundial, lo que está ocurriendo en el contexto de la política internacional en este “agosto caliente” prevé cambios del péndulo geopolítico sumamente importantes. Y en mente están las elecciones presidenciales en EE.UU. previstas para noviembre próximo.

Cambios históricos en Oriente Medio

Comencemos por la explosión en el puerto de Beirut, capital del Líbano, el pasado 4 de agosto. Un suceso tan confuso que provocó centenares de muertos y una oleada de protestas en el país de los cedros, la otrora “Suiza de Oriente Medio”, un auténtico microcosmos de todos los conflictos existentes en la región.

La ira popular provocó la caída del gobierno libanés el pasado 12 de agosto, pero lo que hay detrás de la explosión sigue siendo un misterio. Se especuló con un presunto ataque israelí y estadounidense contra un arsenal del movimiento islamista Hizbulá, aliado del usurpador Nicolás Maduro. Horas antes de la explosión, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu había estado con tropas israelíes en la conflictiva frontera con el Líbano, donde el Hizbulá tiene un gran poder. Netanyahu advirtió a sus tropas de estar preparados para “sucesos importantes” por venir.

Sin salir de Oriente Próximo, entramos en el histórico acuerdo de Emiratos Árabes Unidos para reconocer la legitimidad del Estado de Israel el pasado 14 de agosto. Así, el emirato petrolero del Golfo Pérsico se une a Egipto (1979) y Jordania (1995) como los únicos Estados árabes que reconocen a Israel. Debe añadirse igualmente que Turquía fue el primer país musulmán en reconocer a Israel (1949), toda vez la Autoridad Nacional Palestina, que no es formalmente un Estado, también la reconoció en 1995.

Pero hay más. El presidente libanés Michel Aoun anunció este 16 de agosto “estar dispuesto” a entablar negociaciones de paz con Israel que podrían abrir el camino de otro histórico reconocimiento por parte de un país árabe. La decisión viene tras la dimisión en pleno del gobierno libanés por las protestas derivadas de la explosión del puerto de Beirut y las informaciones de que aparentemente el almacén que explotó sí albergaba arsenal del Hizbulá.

El acuerdo entre Emiratos e Israel es un cambio geopolítico de enorme trascendencia en Oriente Medio. Apunta a dos direcciones: Irán y los palestinos, y por alusión a Maduro.

Por un lado, Teherán se encuentra como el eje de confrontación regional directa con Israel. Por su parte, los palestinos son los grandes perjudicados de este acuerdo. Su causa independentista queda cada vez más neutralizada, toda vez Israel viene acelerando su anexión de facto del territorio palestino de Cisjordania.

Por factores colaterales, el régimen de Maduro, aliado iraní y de los palestinos, debe estar pendiente de esta nueva ecuación en Oriente Medio.

La dictadura del “amigo” Lukashenko

La Europa enfocada en los efectos del COVID 19 en un verano atípico asiste igualmente a una crisis política postelectoral en sus fronteras. Bielorrusia celebró elecciones presidenciales el pasado 9 de agosto. El presidente Aleksandr Lukashenko, en el poder desde 1994, fue declarado ganador con el 80 % de los votos. Su contrincante, Svetlana Tikhanovskaya, una ama de casa que concurría electoralmente en nombre de su esposo, un líder opositor encarcelado, no reconoció estos resultados aduciendo un presunto fraude electoral.

Lukashenko, otro de los “amigos” de Maduro, es considerado por la Unión Europea como el “último dictador de Europa”. Precisamente, Bruselas no reconoció la fiabilidad de estos resultados. Los bielorrusos llevan más de una semana protestando en las calles contra el presunto fraude electoral.

Como sucede con la vecina Ucrania desde 2003, la crisis bielorrusa amenaza con asestar una mayor tensión entre Europa y Rusia. Lukashenko ha sido un estrecho aliado de Vladimir Putin, el benefactor de Maduro, aunque en los últimos años, y por razones de rutas de oleoductos rusos, esas relaciones se han enfriado. Ello obligó a Lukashenko a abrir una inédita ventana: mejorar sus relaciones con la administración de Donald Trump, en clara alusión hacia Putin.

La represión a las protestas en Bielorrusia ha sido intensa: organismos defensores de derechos humanos hablan de más de 7.000 detenidos y violaciones sistemáticas contra los manifestantes. Lukashenko se enfrenta a su crisis interna más aguda y ha vuelto la mirada hacia Putin.

Rusia pide oficialmente una “pronta solución”, pero Europa ya ha enfilado sus críticas hacia Lukashenko por su represión. O lo que es lo mismo: Europa lanza una advertencia a un Putin que debe atender esta crisis en su patio trasero “postsoviético” que empaña su pomposo anuncio de la semana pasada, cuando aseguró que Rusia ya tiene la vacuna contra el coronavirus.

Maduro en la cuerda floja

¿Y cómo queda Maduro en este agosto caliente en el plano internacional? Visiblemente afectado. La explosión de Beirut apunta colateralmente a su aliado Hizbulá. El histórico acuerdo entre Israel y Emiratos Árabes Unidos deja a Maduro aún más aislado y dependiente del “eje del mal” que para Israel y EE.UU. lidera la República Islámica de Irán, otro gran aliado de Maduro que incluso hoy le surte de gasolina y abre supermercados persas en Caracas.

Por su parte, la crisis bielorrusa ante un presunto fraude electoral no sólo es un revés para Maduro porque afecta a su amigo Lukashenko (y por ende también a Putin), sino que deja al usurpador de Miraflores en una delicada posición ante su pretendida aspiración de celebrar unas elecciones parlamentarias en diciembre próximo que ya hasta la propia Unión Europea y otros organismos consideran como poco fiables por la parcialidad del organismo electoral.

Pero hay más acontecimientos “en pleno desarrollo”. En septiembre, Bolivia va a elecciones presidenciales con la intención de pasar definitivamente página hacia la conformación de un régimen “post-Evo”. Así, Maduro se pliega desesperadamente a Cuba y Rusia, al Foro de São Paulo y a sus aliados europeos vía PODEMOS y Zapatero.

A todo ello, Diosdado Cabello sigue sin aparecer públicamente, aumentando los rumores de todo tipo y un misterio sobre su estado de salud que recuerda los días de agonía en torno a Chávez entre 2012 y 2013.

Toda vez, el coronavirus se llevó este fin de semana al “chavista radical” Darío Vivas, jefe de Maduro en Caracas e incluido en la lista de sancionados de EE.UU. Otros altos cargos del régimen como Tarek El Aissami y Freddy Bernal, también en la lista de Trump, están contagiados con un virus que parece estar causando estragos en el régimen usurpador, así como en la atribulada y desasistida sociedad venezolana.

¿Y quién es el que podría estar frotándose las manos con todos estos cambios en la arena internacional? Muy probablemente Donald Trump. El controvertido “magnate-presidente” mueve piezas en la arena internacional desde Oriente Medio al Este de Europa, pero con radio de gravedad colateral hacia Venezuela. Con el horizonte electoral de noviembre, Trump sabe que tiene que lanzar todas sus cartas geopolíticas para conservar su presidencia en la Casa Blanca.

Y en todo esto todavía queda pendiente el “caso Saab”. Cabo Verde anunció la deportación de uno de los abogados defensores del “boliburgués”, perteneciente al despacho de Baltazar Garzón. Washington presiona con fuerza para la extradición a EE.UU. de la “joya de la corona” del régimen “madurista”, el hombre que ha controlado el corazón del entramado financiero de delitos y corrupción que aún mantiene en pie al régimen de Maduro.

En este agosto veraniego asolado por el COVID 19, la geopolítica no descansa. Y parece que los cambios vertiginosos y simultáneos apuntan a varios puntos del planeta. Pero en esas vías, todos los caminos parecen directa o indirectamente implicar al régimen de Maduro.

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