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El verdadero ejemplo de la “transición” bielorrusa 

La unidad: Bielorrusia da el ejemplo en lucha contra LukashenkoRoberto Mansilla Blanco

Por ROBERTO MANSILLA BLANCO – Corresponsal en España

Lección para Venezuela. La oposición bielorrusa ha demostrado algo que su similar venezolana no ha entendido: la importancia de la unidad sin fisuras y la fiabilidad de estrategias claras y definidas.

Un presunto fraude electoral en Bielorrusia denunciado por la oposición y la Unión Europea está provocando la peor crisis política en los 26 años de reinado autoritario de Aleksandr Lukashenko, aliado íntimo de Putin y del usurpador Maduro.

Con manifestaciones multitudinarias en las calles, consideradas las más grandes en Bielorrusia desde la desintegración de la ex-URSS, es perceptible que el régimen de Lukashenko se está erosionando. Hay más de 7.000 personas detenidas mientras aumentan las denuncias de brutalidad policial.

Las principales fábricas del país, orgullo de la gestión de Lukashenko, han ido a la huelga. Incluso si logra salir airoso de esta crisis, su régimen quedará irremediablemente debilitado.

¿Cómo será el final de Lukashenko?

Si se radicaliza el panorama, el presidente bielorruso, al que el órgano electoral le dio la victoria el pasado 9 de agosto con un oficial 80 % de los votos, corre el riesgo de seguir el camino de algunos de sus “colegas” que se han aferrado ciegamente al poder, como han sido los casos del serbio Slobodan Milosevic, del ucraniano Viktor Yanúkovich o del libio Muammar al Gadafi, y que han terminado derribados del poder.

Por tomar algunos ejemplos comparativos que pueden “servirle” a Lukashenko, Milosevic se suicidó en su celda del Tribunal de La Haya acusado de crímenes en las guerras balcánicas de la ex-Yugoslavia. Por su parte, Gadafi terminó asesinado tras esconderse mientras Libia se sumía en el caos.

No obstante, Lukashenko bien podría haber tomado nota de cómo fue el final de algunos de sus antecesores en el poder y, en apariencia, buscaría un destino diferente. Todo ello a pesar de que su demagogia a la desesperada le ha llevado a decir que “no habrá más elecciones hasta que me maten”.

En un desesperado giro ante la gravedad de los acontecimientos, Lukashenko ha prometido una oscura reforma constitucional en la que, al parecer, nadie cree ni en Bielorrusia ni en el exterior.

El autocrático mandatario bielorruso ofrece esa reforma previa celebración de un referéndum, una táctica que se observa como diletante y orientada a ganar tiempo.

Putin: silencio intrigante

Tampoco parece muy claro que su amigo y vecino Putin le termine ayudando a Lukashenko a conservar un poder que, con el paso de las horas, parece ir diluyéndose.

Desde el Kremlin observan con atención la crisis bielorrusa, pero no parece que Putin vaya a practicar en ese país el mismo guión que hizo en Crimea y el Este de Ucrania en 2014.

No obstante, los medios rusos, muy vigilados por el Kremlin, hablan de un “segundo Maidán”, en referencia a la ya mítica plaza céntrica de la capital ucraniana, Kiev, donde en el invierno de 2013-2014, los enardecidos manifestantes ucranianos se sublevaron contra el entonces presidente Viktor Yanúkovich y su aliado Putin.

En ese contexto ucraniano, las manifestaciones y la represión, así como las consignas antirrusas, llevaron a la caída de Yanúkovich en febrero de 2014. No obstante, y curiosamente comparando con la Bielorrusia de 2020, no se observan en las calles de la capital Minsk algún tipo de consignas antirrusas, tomando en cuenta que, como Yanúkovich, el bielorruso Lukashenko ha sido una pieza clave de la geopolítica de Putin.

Los últimos tiempos han reflejado el distanciamiento y la tirantez en las relaciones personales entre Lukashenko y Putin. El bielorruso esperaba que Putin le diera prioridad en los proyectos de gasoductos y oleoductos como el Nord Stream. Ante esta negativa, Lukashenko contraatacó vía chantaje: abrió un canal de diálogo con la administración Trump. En 2019, el secretario de Estado, Mike Pompeo, visitó Minsk, algo que no debió agradar a Putin.

Como tampoco debió gustar en el Kremlin la insensatez de Lukashenko en la lucha contra el coronavirus. Mientras Putin cerraba fronteras con China a comienzos de la pandemia y aplicaba las cuarentenas, el bielorruso se ha mofado del virus, diciendo que en su país no habrá contagios.

Pero lo que acabó por molestar a Putin fue la actitud de Lukashenko de cara al 75º aniversario del final de la II Guerra Mundial, un tema sagrado en Rusia al ser considerada como la victoria en “Gran Guerra Patriótica”. Lukashenko dijo que esta “no fue una guerra bielorrusa”, algo que seguro debió molestar en Rusia, considerando el esfuerzo de guerra contra el nazismo.

En perspectiva histórica, Bielorrusia sería un capítulo más de lo que se ha denominado como las “revoluciones de colores” que han inundado el espacio exsocialista en Europa del Este así como el periférico exsoviético con Rusia.

Estas “revoluciones” comenzaron en la ex-Yugoslavia con la caída de Milosevic en 2000. Continuaron en Ucrania y Georgia en 2003, con la caída de gobiernos afines a Moscú. Bielorrusia vivió lo suyo en 2004, pero Lukashenko logró resistir con una fuerte represión. Kirguizistán en 2005 y 2011 y Armenia en 2018 han sido otros escenarios de transiciones abruptas motivadas por el hartazgo social ante el autoritarismo, la corrupción y el fraude electoral.

La óptica rusa ante estas “revoluciones” se focaliza en la presunta implicación occidental, vía EE.UU., la Unión Europea y la OTAN, esta última orientada a restar influencia a Moscú en su periferia ex-soviética a favor del “atlantismo” prooccidental. Esta perspectiva parece reproducirse en la actual crisis bielorrusa aunque, a diferencia de casos anteriores, el “silencio” de Moscú es intrigante.

En este enrarecido pero expectante escenario, Putin esperaba concretar en este agosto que camina a convertirse en decisivo para la geopolítica global, la posibilidad de que Rusia diera el paso adelante en la vacuna contra el coronavirus, ya bautizado como Sputnik V. La misma que Maduro dice será el primero en experimentar.

Mientras la vecina Bielorrusia está ardiendo, desde el Kremlin, Putin anunciaba que ya están listos más de 15.000 prospectos de vacuna para la lucha contra el COVID 19. Lo curioso es que el tratamiento informativo de la crisis bielorrusa en los medios rusos es, cuando menos, escaso. La patente rusa de la vacuna del coronavirus ocupa toda la atención. Y eso no parece que sea una buena noticia para Lukashenko.

“Fin de la dictadura, gobierno de transición, elecciones libres…”

Por ello, entre otros aspectos, Lukashenko se ve aparentemente acorralado y obligado a atrincherarse. No se sabe con certeza si el régimen bielorruso está cerrando filas con el considerado “último dictador de Europa”.

La posición de las Fuerzas Armadas bielorrusas también es una incógnita. Un baño de sangre tipo Rumanía del megalómano Nicolae Ceaucescu en 1989 no sería un escenario deseable. Tampoco parece viable una “invasión militar” rusa tipo Crimea, vía fuerzas especiales.

Por ello, la inesperada líder opositora Svetlana Tikhanovskaya, contrincante electoral de Lukashenko, denunció el fraude y desconoció los resultados, mientras habla abiertamente de una transición post-Lukashenko.

Una transición que, al parecer, ya se ve inevitable, incluso si Lukashenko logra seguir aferrado al cargo. Con la calle caliente, los factores de poder le obligarían a ceder terreno y abrir las compuertas del cambio político, aunque sea moderado.

Tikhanovskaya, cuya súbita aparición en la arena política bielorrusa recuerda moderadamente a la de Juan Guaidó en Venezuela en enero de 2019, se encuentra refugiada en Lituania. Pero su posición es cada vez más respaldada por otros países como Gran Bretaña, que también oficialmente desconoció la victoria de Lukashenko por considerarla fraudulenta.

También debe verse como eficaz el efecto del simbolismo político que hay detrás de Tikhanovskaya. La líder opositora bielorrusa, un ama de casa que está colocando contras las cuerdas al régimen del autócrata Lukashenko, tiene a otras dos mujeres como principales colaboradoras, Veronika Tsepkalo y Maria Kolesnikova. Con ello buscan imprimir un efecto de cierto feminismo contra un presidente como Lukashenko, quien ha dado alardes constantes de machismo y misoginia.

La lección para Venezuela

Visto lo visto, la lección bielorrusa debe ser un ejemplo a tomar en cuenta en la atribulada Venezuela de 2020. Y eso cobra relevancia ante las próximas elecciones parlamentarias pautadas por el régimen usurpador de Maduro, a su medida con un CNE complaciente y un sector de la oposición que se ha prestado al juego, contrariando así la autoridad de un Guaidó cada vez más neutralizado.

Muchos observan en la posición de Tikhanovskaya y la oposición bielorrusa una hábil maniobra para acudir a unas elecciones presidenciales viciadas, para, inmediatamente, denunciar un fraude electoral que está poniendo seriamente en jaque al régimen de Lukashenko. Pero la oposición bielorrusa ha demostrado algo que su similar venezolana no parece haber  entendido: la importancia de la unidad, sin fisuras ni egocentrismos de fachada, focalizada en la fiabilidad de estrategias claras y definidas, sin intereses espúreos ni posibilidad de chantajes.

Puede que la crisis bielorrusa sea igualmente aprovechada por Donald Trump como una maniobra geopolítica para volver al ruedo del espacio periférico ruso y jugar allí sus cartas políticas de presión contra los intereses del Kremlin, devolviéndole de la misma forma la moneda a un Putin que ha venido haciendo lo mismo en Venezuela apoyando a Maduro. Es éste el resultado de un intenso pulso geopolítico en un mundo signado por las secuelas del COVID 19.

El silencio calculado de Putin, y también el de China, otro aliado de Lukashenko, en esta crisis bielorrusa, pareciera dar a entender que existe una posibilidad de que la transición en Bielorrusia sea un fait accompli irreversible. 

Los próximos días serán decisivos para calibrar esa posibilidad. Por lo pronto, Lukashenko se ve acorralado y aparentemente desasistido de sus aliados más poderosos, en este caso Putin. ¿Correría Maduro el mismo destino?

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