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Jurate alerta a Venezuela: Divismo político impide transición democrática

Venezuela: Divismo político impide transición democrática

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Por JURATE ROSALES

 Parte I

La diferencia entre la actual situación en Bielorrusia y la de Venezuela, pese a sus aparentes similitudes, posee dos puntos muy, pero muy distintos.

  1. Bielorrusia, debido a su historia, está a cuatro siglos de distancia de cuando fue una potencia independiente. No tiene pretendientes históricos ni tampoco actuales; no está lastrada con “candidatos a presidente” de los cuales cada uno cree tener derechos y rivaliza con el otro. Allí por el momento, como en el libro de Dumas, es todos por uno y uno por todos. Venezuela ni es todos por uno, y menos uno por todos.
  2. La historia de Bielorrusia no está lastrada de ínfulas de millones de presuntas riquezas que a Venezuela le sobran o sobraban hasta enceguecerla: creadora de la independencia de Suramérica, genialidad de Bolívar; mayores reservas de petróleo en el mundo; minas de oro y cuantos metales hay en América; etc. Suficiente para quitarle la sindéresis a cualquiera. Que es precisamente lo que está ocurriendo ahora, cuando la ignorancia de las realidades inusualmente duras están creando un mar de confusiones sin que nadie explique a los venezolanos qué les pasa ni qué les pasó. Después de creerse dueños de la mayor riqueza del continente, cayeron a la situación de los más desamparados indigentes de América. Es un contraste que a cualquiera puede confundirlo.

Ha sido tanta la confusión venezolana, que se ha llegado al punto de que los vecinos tengan que intervenir en un esfuerzo de enderezarles la situación. No les queda otra, a estos vecinos, que hacer de maestro de escuela que regaña al niño. Lo que dijo el Representante Especial para Venezuela en el gobierno norteamericano, Elliott Abrams, no sé si es un regaño, una advertencia, una orden, un ultimátum o cualquier otra cosa, pero de algo estoy segura: es que están hartos de las ínfulas “candidaturales a presidente” de los presumibles ”presidenciables” venezolanos y no uno, sino media docena de ellos. El sólo hecho de que el interlocutor válido para 60 países sea Guaidó (que por cierto lo hace muy bien) indica la dificultad que tuvo Washington para conseguir con quien hablar sin que cinco más toquen a la puerta de la Casa Blanca para ver si los dejan entrar.

La ruta está trazada; los apoyos que suman 60 países parecen una cifra que nunca se hubiese soñado; los mesoneros esperan para empezar a servir; pero el principal invitado –o para ser exactos el que debería ser dueño de la fiesta– se hace esperar. Ya hay señales de que los 60 invitados empiezan a fastidiarse de tanta espera y conversan para disgregarse en varios grupos, lo que sería absolutamente terrible para los venezolanos que alguna solución a su dramática situación esperan.

Sumando. Si comparamos las situaciones de Bielorrusia y Venezuela, la de los bielorrusos es mucho más difícil porque ellos están rodeados en sus fronteras con los rusos de Putin, que no quieren dejar escaparse esa prenda, porque durante años la consideraron suya. En Venezuela, con todas las ventajas a su favor, un vecindario preocupado y que ayuda, una fuerza hegemónica que ampara, un conglomerado internacional que sólo espera la solución –resulta ahora que los más interesados, los venezolanos, no se ponen de acuerdo.

Parte II

Estoy a punto de ver impresa en España mi obra “magna” sobre la invasión de los godos a España durante la caída del imperio romano. Lo que hoy me impresiona es ver que la ceguera política parece ser de todos los tiempos y todos los pueblos que caen víctimas de su propia soberbia. Cuento. En el año 400, el emperador romano, Honorio, no quiso vivir en Roma; se atrincheró en Rávena, y tuvo por hobby criar gallinas de ciertas razas, que dejaba pasearse hasta en la sala del trono. En eso, Alarico, el rey godo, inició conversaciones con el imperio para que le cedieran tierras para la agricultura; Honorio se las prometió en Francia, pero cuando los godos (contando con esa promesa) se encaminaban hacia Francia, los romanos  los atacaron cerca de la frontera francesa. Alarico, tomado doblemente por sorpresa dado que era día del domingo de Pascua florida –fecha de paz cristiana– y además contaba con la promesa imperial, perdió parte de su infantería, pero salvó la caballería y se retiró a los Balcanes.

Volvió en 409 con un gran ejército e hizo entronizar a un romano, Atalo, nombrado emperador por orden de Alarico y reconocido por el senado. Atalo y los senadores, incapaces de comprender la situación de debilidad en que se encontraban, empezaron primero a no entenderse entre ellos, y luego a formular cada quien sus exigencias. Alarico depuso a Atalo y envió su toga y corona imperial a Honorio quien seguía en Rávena. Fue cuando Alarico y Honorio se entrevistaron cerca de Rávena. Alarico, quien seguía con la intención de conseguir tierras fértiles para su gente, pidió entonces la sesión de tierras en Austria. La reunión había sido celebrada con poca gente y en el regreso los romanos atacaron la pequeña escolta de Alarico. Este se defendió; volvió a Roma y dio orden de entrar y saquearla. (Por cierto que todos estos detalles -salvo las gallinas del emperador- han sido relatadas por los propios romanos).

Moraleja: no hay peor enemigo que las ínfulas de un gobernante. (Mucho más si apenas es un candidato). 

Parte III

Caracas no es Roma, pero la incapacidad de medir sus fuerzas y sus realidades políticas es de todos los tiempos y todos los lugares. Me pregunto hasta dónde y hasta cuándo Maduro intentará mantenerse en Venezuela. No concibo que la situación geográfica venezolana pudiese ser entregada al ámbito ruso o chino.

Otra pregunta: ¿Hasta cuándo la oposición venezolana seguirá el camino que ha hundido durante décadas a las naciones europeas cuando estas fueron sometidas al comunismo? Me parece volver a ver siempre la misma película: año tras año, los exiliados se creían capaces de ser los futuros gobiernos postcomunistas, y con ello incrementaban –gracias a sus divisiones– el poder del gobierno comunista en sus respectivos países. Se necesitó la extinción de por lo menos dos generaciones para que los nietos o bisnietos de los exiliados olviden las diferencias de sus antepasados y vuelvan a lo que siempre había sido su patria. Espero que Dios mediante los venezolanos no tengan que esperar dos generaciones.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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