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Romeo and Juliet: Nada ha cambiado en España

Romeo and Juliet

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Por ALBERTO D. PRIETO

Dijeron al nacer los nuevos partidos que venían no sólo a acabar con el bipartidismo, sino a renovar la forma de hacer política. Hoy, con sus 10 diputados, Ciudadanos se ha convertido en menos que una pequeña bisagra; su oferta constante a todo el que precise unos votitos para sacar adelante cosas lo asemeja más al aceite tres en uno de cuando yo era niño, “el que limpia, lubrifica y protege”… sobre todo, protege.

Podemos, por su parte, ha desaparecido como partido bajo la sucesión de nombres electorales que sus estrategas del oportunismo fueron inventando, y más ahora que gobiernan. Con tanta cartera ministerial y cargos largos en la tarjeta de visita, ya no queda nadie con chanclas y pañuelo palestino. Hasta Iglesias cambió la coleta por un moño.

La alternancia sobrevenida de la primer moción de censura victoriosa en nuestra historia democrática no cambió nada. La irrupción del primer Gobierno de coalición, tampoco. El ataque del bichovirus simplemente aceleró la máquina del gasto, ya engrasada y adquirida la velocidad de crucero nada más salir de la anterior crisis… y los olvidados siguen siendo los mismos: los que quieren pensar.

Porque una cosa son los pobres, los perdedores económicos que, coyunturalmente, caen al hoyo de no llegar a fin de mes. Y otra son los que siempre juegan a lo mismo, una partida con los dados cargados, porque ellos piensan pero nadie piensa nunca en ellos: los creadores, los artistas, todo lo que les cuelga.

Ha habido avales, subsidios, prestaciones, inyecciones y hasta subvenciones. Moncloa ha dictado decretos, discursos, estados de alarma, órdenes ministeriales. Y, más que nada, ha habido eslóganes.

Hubo 90 días, y sus noches, de confinamiento, todos ellos sin faltar a la cita diaria en la tele (para figurar) y el despacho (que también se trabajó). Pedro Sánchez anunció “200.000 millones” en movilización de recursos, se colgó la medalla de los “más de siete millones de trabajadores protegidos”, y se responsabilizó de haber salvado “más de 450.000 vidas” con los tres meses que nos enclaustró en casa.

Pero entre tantas grandes cifras, al presidente se le olvidaron los números de teléfono de la oposición -de eso ya hemos hablado- y, entre otros más, el del ministro de Cultura. Porque oigan, ya había comenzado la desescalada y algunos podían dar paseos para tomar el aire a ratitos cuando el titular del asunto apareció por primera vez. Los 77 millones de euros que José Manuel Rodríguez Uribes traía bajo el brazo fueron recibidos como sólo una gota -y de agua salada- en la garganta de los nómadas abrasados y perdidos del arte.

Ahora, mientras las aglomeraciones se trasladan del metro camino del cole entre semana a los domingos en el centro comercial -eso sí, para comprar decenas decenas de chorradas que harán la escolarización mas segura-; cuando no puedo celebrar los cumpleaños familiares porque somos más de 10 pero mis hijas tienen en clase a más de 20 compañeros -y el profe, que va rotando-… los colegios se abren pero los teatros se cierran. Y los cines. Y los conciertos. Y las galerías de arte.

No importa quién gobierne, los conservadores del PP antes o los progresistas del PSOE ahora; apoyados en los liberales de Cs entonces o en los radicales de Podemos después. Durante el encierro, vimos telemontajes de Shakespeare, pelis en oferta, festivales desde la cocina y exposiciones de rondón. Todo gratis, de Vega a los Coque Malla, de Ignasi Vidal a Pepe Sacristán, nos dieron vida imaginaria mientras las calles estaban desiertas y se morían nuestros abuelos como chinches.

A la farándula, en España, nos gusta imaginarla o arrastrada y qué mas quieres, viva la bohemia que lo tuyo es vocación… o si no, como a pijos con dinero porque salen en la tele y acumulan followers en las redes a los que anunciar cremitas en el instagram. Pero casi todos, oiga, se inventan su negocio, malpagan sus montajes y alquilan sus locales; contratan coreógrafos, ilustradores, vestuario y tramollistas; atienden las facturas del gas y de la luz, pagan el IVA y el IRPF, su cuota de autónomos y hasta un administrador que les rellene los papeles…

Porque el suyo es crear, inventar, componer, bailar, esculpir, diseñar… y no sólo nos necesitan para que nuestro aplauso dé razón de ser a su ilusión, también les hace falta que paguemos la entrada que compremos el libro, que le demos al play.

Las artes nos dieron vida en la pandemia. Pero es que no importa quién gobierne, siempre nos roban la esperanza. No se puede reescribir ‘Romeo y Julieta’, aunque la pases a canción siempre acaba igual.

 

Alberto D. Prieto es corresponsal político de EL ESPAÑOL.

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