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JURATE ROSALES: Venezuela y la venganza de Fidel

JURATE ROSALES: Venezuela y la venganza de Fidel jurate rosales

Por JURATE ROSALES

Llegó el momento de contar lo que vieron mis ojos cuando siendo periodista presencié un evento multinacional en Trinidad, poco después de iniciarse la segunda presidencia de Rafael Caldera. Es cuando pude observar muy de cerca la persona de Fidel Castro y desde entonces, en mí muy personal apreciación, atribuyo a él una de las causas lejanas de la actual casi completa destrucción de la petrolera venezolana, PDVSA. Por supuesto, las causas de ese desastre actual fueron muchas, pero una de ellas, y creo no equivocarme, fue un sostenido rencor y una venganza de Fidel Castro contra Venezuela.

A Venezuela siempre la ha lastrado la ilusión de la riqueza fácil que en realidad es la más esquiva y mortífera de todas las riquezas que el hombre cree almacenar. Cuando observo la secuencia del pobre rico país a través de su historia, sigo pensando en la maldición de tener demasiado y dejarlo escapar.

Así fue desde los inicios y la primera ilusión ocurrió cuando Colón en su tercer viaje en que por primera vez tocó ya no las islas sino el continente (sin saber todavía que había descubierto América) creyó haber encontrado “la tierra de gracia” al notar que el agua del mar allí no era salada. No podía saber que estaba en la enorme desembocadura del Orinoco. Sí supo que allí cerca había perlas. Fue la primera ilusión y luego vendría el despojo, porque tras la continua depredación del fondo marino en busca de las grandes y famosas perlas de la isla Margarita, éstas se acabaron y sin embargo habían durado hasta los inicios del siglo XXI. Hoy Margarita carece de lo más esencial y ni los turistas que venían en lujosos cruceros llegan a la isla.

Hablemos ahora del oro, de cuántos españoles del siglo XVI perdieron la vida recorriendo Guayana en busca del oro que tenían bajo sus pies y no sabían verlo. Y todavía faltará algún día averiguar cuántos venezolanos en la actualidad siguen perdiendo la vida o se han encontrado en un trabajo inhumano, sometidos por guerrillas extranjeras, para extraer de nuevo el oro, por cierto en tierras que son intocables por ser parque nacional. La maldición del oro, que veíamos cosa de un lejano pasado en los primeros siglos tras el descubrimiento de América, ha vuelto para despojar de nuevo ese pobre país, cuya tragedia ha sido albergar demasiada riqueza.

Faltaba hablar del petróleo, ese mismo que en la época inteligente de los 20 años de construcción de un país que todo lo tenía y todo lo aprovechó en aquella bendita época. Después de ese feliz intermedio, nuevamente Venezuela está siendo presa de la maldición de Canaima en los otros 20 años siguientes, que son ahora los de una destrucción planificada por un cerebro vengativo, como lo fue el de Fidel Castro. Siempre he pensado que si Castro hubiera sido venezolano y en vez de arrastrar toda su frustración por gobernar una islita del Caribe, hubiera tenido el orgullo de dirigir al país favorecido por las mayores reservas de petróleo del mundo, lo hubiera hecho valer, en vez de dar rienda suelta a su enorme sentimiento de frustración. Considero que la tragedia de Fidel –así, Fidel a secas- fue sentirse atrapado en una pequeña isla, cuando se consideraba capaz de acometer un destino mucho más grande. Toda su vida y su política fueron marcadas por esa frustración.

Nunca olvidaré la dificultad y esfuerzo que vi, cuando lo observé sin público, bajando por la escalera del avión que lo llevó ese día a Trinidad, donde había viajado para pedir petróleo para Cuba al entonces presidente Rafael Caldera. Viajó para rogar, humillándose. Era cuando le habían cortado la ayuda soviética y había buscado esa oportunidad de hablar con el presidente venezolano.

Caldera asistía en Trinidad a una conferencia internacional y era el verdadero rey del evento. Fidel era el mendigo. ¡Cómo se vengó más tarde, teniendo a Chávez de ingenuo socio! La destrucción de PDVSA fue la venganza de Fidel por aquella y las anteriores humillaciones. La ignorancia de Chávez en materia de cifras facilitó ese desquite de un hombre que nunca perdonaba nada a nadie y nada olvidaba.

Es que no era la primera vez que Castro recibía un desaire de un presidente venezolano. La breve conversación con Caldera en Trinidad fue al principio de la segunda presidencia del mandatario  venezolano; pero había un antecedente muy anterior, cuando el entonces electo presidente de Venezuela Rómulo Betancourt negó regalar al recién salido de la Sierra Maestra Fidel Castro petróleo venezolano.

Fue creo que en Macuto, en enero de 1959. A las dos semanas de haber entrado triunfante en La Habana, Fidel Castro abordó un avión para Venezuela y apenas llegado al aeropuerto se dirigió a Macuto, en el Litoral, a una casa presidencial de veraneo para una entrevista con Rómulo Betancourt, que ya era “presidente electo” y esperaba su toma de posesión de la presidencia en los primeros días de febrero. Una de las palabras de Betancourt después de entrar los cubanos en teatral aspecto de barbudos armados, fueron: “no han debido presentarse armados a Maiquetía, aquí somos civiles.” Ante el pedido de dar petróleo venezolano a Cuba, la respuesta de Betancourt fue que el petróleo en este momento “lo necesitamos nosotros”. Tengo entendido que fue la única vez en que Castro y Betancourt se vieron cara a cara.

A partir de entonces Fidel Castro concentró muchos esfuerzos en fomentar un frente “antiyanqui” en toda América Latina olvidando lo básica que era “América para los americanos”. Castro nunca consideró que existe una unidad hemisférica de intereses y defensa mutuos. Los aliados y amigos eran Rusia, China, un montón de pueblos africanos, todo en detrimento de América Latina. Al frenarle su natural desarrollo y envenenarla con inútiles guerrillas, se perdieron décadas de progreso. La propaganda cubana fue incluso disfrazada de “democrática” en medio de un sostenido esfuerzo dirigido desde Cuba, donde se procuraba captar celebridades que luego serían utilizadas para disfrazar mejor lo que en realidad era una feroz dictadura.

Además de las ingenuas y dentro de las posibilidades “famosas” reclutas cuidadosamente cultivadas, Venezuela siempre era la presa más codiciada. Dos veces Castro intentó someterla por las malas: a través del desembarco de Machurucuto y posteriormente al fomentar y dirigir con su propia gente el Caracazo. Están sobre ambos casos los testimonios de Pérez Marcano por lo de Machurucuto y del general Carlos Julio Peñaloza sobre el Caracazo. En ambos casos el Ejército Venezolano infligió a Castro una derrota, llevando a la nada años de preparación y confabulaciones.

También Hugo Chávez fue un producto de esos tiempos de preparación cuando en la Escuela Militar de Venezuela fueron cuidadosamente introducidos alumnos de raigambre digamos “revolucionario”. Al final, fue con Chávez que Fidel Castro logró alcanzar la meta de colocar a Venezuela y su petróleo a su servicio.

Tal como lo veo ahora, allí no terminó la acción fidelista porque su venganza por las muchas veces en que Venezuela lo había humillado sigue siendo terrible. Consistió, claramente y a conciencia, en haber fomentado, aprovechándose de la ignorancia de Chávez en materia de cifras, la destrucción de PDVSA, la petrolera estatal venezolana, hasta el punto cero de producción, siendo este país el que más reservas de petróleo posee. Sin contar todo lo demás que representa actualmente en Venezuela las consecuencias de haber seguido lo que el ingenuo teniente coronel Hugo Chávez, cuadrándose ante Fidel Castro, prometió que sería “el mar de la felicidad”.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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