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JURATE ROSALES: Lo apremiante son los niños

JURATE ROSALES: Lo apremiante son los niños

*** Jurate Rosales considera que Leopoldo, Borges y Capriles, juntos, deberían saber que existen prioridades muy por encima de una razón política, porque se trata de un futuro que se le puede escapar a Venezuela, si se descuida la unidad para forjar un futuro que será el de los niños de ahora.

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Por JURATE ROSALES

La última vez que vi a Leopoldo López, Julio Borges y Henrique Capriles juntos –cuando todavía andaban como hermanos– fue durante una de las primeras manifestaciones contra el entonces casi incipiente gobierno chavista. Era en una manifestación muy caraqueña, en Chacaíto, de padres de alumnos quienes protestaban al grito de “con mis hijos no te metas”. Una de las primeras medidas del entonces apenas iniciado gobierno de Hugo Chávez había sido un intento de imponer en Venezuela el pensum escolar calcado del cubano, sustituyendo el tradicional pensum escolar venezolano. Recuerdo que el pitazo que sirvió de advertencia de lo que se creía pasaría inadvertido, fue que en uno de los párrafos del nuevo pensum escolar se deslizó por inadvertencia una frase que obligaba a los alumnos a participar en la zafra de la caña de azúcar, lo que sirvió de señuelo de donde venía el nuevo pensum. De allí la manifestación de padres y representantes ese día en Caracas. Allí estaban juntos Leopoldo López, Julio Borges y Henrique Capriles. Recuerdo que ese día conversé con ellos en la plaza de Chacaíto. No sé si se acordarán –muchas cosas ocurrieron desde entonces y sólo permanece una: la que nuevamente deben recordar que en todas las cosas básicas e importantes debían y deben incluso ahora, de nuevo permanecer unidos.

Entre lo más básico, e incluso lo más importante para el futuro, sigue siendo la educación que con mucha razón la ventana de los 20 años de democracia cuidó como uno de sus más preciados valores. Y por cierto que según recuerdo, en aquel momento de los inicios del gobierno de Chávez, el ensayo de imponer un pensum escolar cubano (e incluso estaba el proyecto de enviar maestros cubanos para todas las escuelas) fracasó. El magisterio venezolano era una fuerza temible, que de inmediato se impuso.

Es que de los muchos logros que alcanzó Venezuela durante sus brillantes dos décadas de época democrática que se interrumpió con el advenimiento de Chávez, fueron los renglones de educación los que mejor resistieron. Las dos décadas de la democracia venezolana fueron donde el ser humano era rey, y no era herramienta de un ensayo político.

Con el advenimiento de Chávez, el respeto por el ser humano -su progreso, bienestar y libre albedrío- fue sustituido por el desprecio de sus valores e incluso de su suerte. No solamente  el chavismo destruyó los logros que se habían alcanzado, sino que retrocedió al país en por lo  menos doscientos años o más. De ese desastre creado por un gobierno cegado por su propio deseo de poder todo será reparable, salvo dos cosas: los seres humanos dañados irremisiblemente en su capacidad de progreso y por la mengua de sus conocimientos. Para muchos, y ojalá no lo fueran tantos, el daño puede ser irreparable.

En la fructífera época de la democracia, el primer presidente democrático, Rómulo Betancourt, encontró que en Venezuela  sólo 800 mil alumnos recibían educación primaria y una de sus primeras tareas fue la construcción de 3.000 escuelas primarias y 200 liceos para educación secundaria. Durante su presidencia, la escolaridad llegó a 1,6 millones de niños de todo el país, el 90 por ciento y pronto alcanzó la totalidad de todos los niños.

Este esfuerzo se mantuvo durante años, como es normal en cualquier país civilizado. El gremio de los maestros, muy protegido por todos los gobiernos democráticos, contaba con buenos sueldos cuyo valor siempre fue vigilado por el IPASME, el instituto de previsión social del magisterio, que se ocupaba no solamente de seguros de salud y todo tipo de ayudas a los maestros, sino de brindarles créditos para adquirir vivienda, vehículo y educación superior para sus hijos. En la familia de Chávez, donde el padre era maestro en una escuela rural, todas esas ventajas eran aprovechadas, igual como las aprovechaban miles de maestros en todo el país. Iguales ventajas existían en toda la cadena de instrucción del país, incluida la universitaria estatal que en Venezuela es gratuita y donde los estudiantes podían recibir una beca llamada Mariscal de Ayacucho para estudiar en las más famosas universidades del mundo para hacer su postgrado. Por cierto, uno de los directores de la administración de esas becas era el padre de Leopoldo López.

En materia de educación, desde la primaria hasta la población universitaria, el país era considerado un ejemplo no solamente por el alto nivel de la enseñanza, sino por lo gratuito y accesible que era.

Esto es lo que Chávez, cuya familia era uno de los miles de beneficiados del sistema, ha destruido y sin embargo en la memoria nacional sigue existiendo, de tal modo que no ha sido olvidada.

Recuperarlo tomará probablemente décadas. Además del imperdonable daño causado a la infancia por la inasistencia escolar, causada por la ausencia de transporte y por una hambruna que debilita al niño con consecuencias por  el resto de su vida. Se le ha sumado la pandemia del virus que imposibilita la secuencia escolar en toda familia que no dispone del Internet, que en Venezuela –sobre todo en las zonas depauperadas- es mucha. Son daños que se acumulan y algunos amenazan con ser irreversibles. Creo que en materia de la infancia y la escolaridad para todos, las demoras e imposibilidad de estudiar son quizás una de las mayores urgencias que tiene en este momento Venezuela toda, si consideramos los daños a futuro.

Desde aquel momento en que vi, hace dos décadas, a Leopoldo, Borges y Capriles juntos, muchas cosas han pasado; pero ellos deberían saber que existen prioridades muy por encima de una razón política, porque se trata de un futuro que se nos puede escapar, si se descuida la unidad para forjar un futuro que será el de los niños de ahora.

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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