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ALBERTO D. PRIETO: Son cuatro días

ALBERTO D. PRIETO: Son cuatro días

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Por ALBERTO D. PRIETO
Me acabo de acordar del día en que entrevisté a alguien a quien admiraba mucho y de que al acabar mi tiempo, me agradeció la charla. Y de mi satisfacción por el trabajo bien hecho.
Llevaba años detrás de él. Persiguiendo su tuiter, a su jefe de prensa, a su secretaria, encontrando en mis pesquisas que teníamos amigos comunes… hasta un artista al que adoro me contó un día “soy buen amigo de su hijo, si quieres…”, y yo negándome: “No, gracias, Luis, tengo que hacerlo bien, la entrevista tiene que ser periodismo, no un favor”. Hasta me ofrecieron su teléfono y lo rechacé, hay que ser honesto con uno mismo y por respeto al oficio.
Lo cierto es que, cuando ya me asomaban las canas al bigote y, por fin, colocaron mi nombre en su agenda, su asesor me concedió 15 minutos. Pero al final la cosa se estiró y sus asistentes no me cortaron hasta pasados tres cuartos de hora de conversación.
“Perdona, Alberto, me quedaría todo el día hablando contigo. No pasa mucho lo de dar con alguien que sabe de lo que pregunta”. El legítimo orgullo, comprenderán ustedes, sólo crecía. Y asómbrense, mi interlocutor no era ninguna rockstar, sino un político.

Hoy, además, puedo llamarlo amigo.
Escribo estos días sobre presuntas ilegalidades en una sociedad relacionada con otro diputado, junto al que a veces fumo en el patio del Congreso, debatiendo diagnósticos y recetas sobre esta España enferma. Alguna vez le he confesado que coincido con él en cuáles son los males, pero que la composición del jarabe que prescribe su partido me parece una locura. Que jamás le votaría, pero que no me da miedo.
Él se enciende otro cigarro, y continúa la tertulia hasta que le toca ir a votar.
No es amigo, pero hay respeto mutuo, hasta me busca a veces para discutir. Ahora, no sé si seguirá haciéndolo después de leer los titulares que le estoy dedicando. Aún tengo más por publicar… pero igual que la vida te separa, la verdad pone a cada uno en su sitio. Y yo aprendí viendo a mis jefes perder amigos y socios por una noticia.
Estos dos políticos de los que hablo no pueden ser más antagónicos, muy probablemente no querrían sentarse a la misma mesa. Una lástima, porque de los dos aprendo, y a ellos les pasaría igual si compartieran un café.
¿Me falta criterio? ¿Acaso no me importa quién gobierne? Claro que no me da igual, tengo mis ideas. Pero como opino que la alternancia es la esencia de esto de la democracia, y que ni derechas ni izquierdas tienen la razón -porque según como se mire, todo depende-, al que me gobierna sólo le pido que sea honrado. Y nada más.
Quizá por eso ayer levanté la voz de más, cuando trataba de explicar en la redacción mi indignación con los que mandan. Porque no es que Pedro Sánchez se contradiga, no es que Pablo Iglesias mienta, es que no tienen verdades a las que traicionar, sólo conveniencias para cada momento. Aunque haya vidas en juego.
Este mundo es un lugar bastante áspero, yo ya he dejado de admirar a gente que recibe aplausos unánimes al descubrir sus vergüenzas. Y lo mismo que no dudo en poner mi firma bajo titulares que me pueden privar de instructivos ratos alrededor de un cigarrillo -porque la verdad es la verdad y si es noticia, se publica-, también sé que esto son cuatro días y sigo mi camino: dar las gracias y pagar la cuenta abre las puertas que merece la pena cruzar.
El periodismo se parece mucho a todo lo demás: no quieras alguien a tu lado si hay que elegir entre la honestidad y decirle adiós.
**Alberto D. Prieto es corresponsal político de EL ESPAÑOL
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