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CARLOS OJEDA: El fantasma de un país

El fantasma de un país

carlos ojeda

 Por CARLOS OJEDA

Lo pienso mucho antes de salir de casa, reacción normal en cada ciudad de mi país. Mi caminar es lento.  No hay motivos para la prisa –el deambular cansado en esta urbanidad desconocida se ha hecho hasta una tradición. Es una ciudad con una siembra de calles desérticas de ambiente estéril, difuso, impregnado de tinieblas a pleno sol tropical, inundado de desesperanzas.

Rostros tristes sin brillo y esculpidos por arrugas. Ojos soñolientos con miradas que se pierden en un horizonte infinito. Sin ruta, sin metas, sin fin. No cambia nada en cada faz. Cada cara refleja la imagen de la desgracia del país. Drama lírico actual, tragedia descrita e inmortalizada por Esquilo… Sin sátiras, sin risas, sin melodías….

La percepción en los barrios es diferente. Contrastan las aceras fracturadas. Las sobras de las calles asfaltadas que se mezclan con la tierra y los excrementos. Esos ranchos de paredes grises y arcillosas sedientas de revestimiento. Esas rejas corroídas por el sudor del abandono y el sin dinero. Ese deslúcido ambiente –ansioso de un olor a brocha con la pintura fresca– que le brinde el renacer del multicolor colorido de un arcoiris pasado. Contrastan esos jardines sin arbustos ni verdor con las sonrisas de su gente.

En mis barrios no hay gente con caras tristes.

Mi “chusma” camina como en un universo aparte. Transeúntes despreocupados. Regordetes morenos de nariz chata con ojos saltones que reflejan expresiones de conformidad y alegría. Servidores y esclavos. Mendigos harapientos vestidos de retazos de telas rojas confundidos e ignorados. Así lo definen quienes desde esa arrogante sapiencia de la antropología social actual juzgan divorciados de la realidad.

Pierrot y polichinela. Arlequines sonrientes con la esperanza grabada en sus corazones por la retórica del vendedor de ilusiones. Olvidados eternos de la democracia participativa. Extraviados en la comedia revolucionaria, quizás también en el teatro multicolor de una democracia inconclusa

El fantasma de país. Casas Muertas. Narrativa hecha realidad en letras de Miguel Otero. Falso progreso reeditado en este tiempo con la misma desigualdad que en el pasado. Con menos héroes, menos talentos y más cruel.

Se impuso la filosofía de Eudomar Santos. Maestro, visionario y exponente de la nueva generación de los políticos postcomandante. De esos líderes carentes de ética, formados en los medios y ansiosos de un materialismo sin dialéctica.

 

“Como vaya viniendo vamos viendo”

Debe temblar de arrechera en el sepulcro la generación del 28. Escritores, poetas, políticos y mártires. Pensadores de un futuro coartado por la confianza en una generación que defraudó el sueño de una democracia honesta.

Se perdió la esencia de nuestra imaginaria riqueza; se perdió  la esperanza forjada en nuestra coartada evolución ciudadana; se perdió la mejor generación de profesionales cultivados en los mejores campos de las casas que vencen las sombras. Se extravió el talento emprendedor que motoriza el futuro.

Nos hundimos en nuestras propias carencias y miserias. Triste final para el mejor capítulo de nuestra historia civil.

Nuestra estirpe libertaria se derrite dentro del calor de los malos hábitos. El fantasma de un país se desvanece en las tinieblas de un túnel con una menguante luz. Solo escuchamos los gritos de nuestro silencio sepulcral.

¡Murió la nación procreada con nuestra más representativa generación de intelectuales!

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