El abrazo de Duque es a más de 6 millones de venezolanos

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Iván Duque, presidente de Colombia. Foto cortesía.

Por JESÚS TROCONIS

El exilio, o la diáspora, es un fenómeno que asola a los venezolanos. Una desgracia máxima que, a día de hoy, roza los 6.000.000 millones de compatriotas, desgarrados al abandonar la tierra que los vio nacer y crecer para buscar una vida mejor en otros países de América Latina, Europa o Estados Unidos. Sin duda, un acto de coraje. Las cifras sólo son comparables con Siria, o con los africanos Sudán y Níger, ambos azotados por el flagelo de las guerras de baja intensidad.

El asunto ha sido abordado con sentido patriótico y férrea voluntad por investigadores de talla, entre ellos Tomás Páez. Su discurso tiene el mérito relevante de comprender la desgracia como una enorme posibilidad de afinar los conocimientos, capacidades y talentos que estarán al servicio de un programa futuro de reconstrucción de Venezuela.

El desplazamiento forzoso de ese ingente número de compatriotas atestigua el hundimiento del país. Jamás en nuestro decurso histórico se habían producido hechos que tan rudamente golpearan el espíritu nacional. Miramos, aturdidos, un proceso cruel y ruin que nos muestra las plagas del hambre y las enfermedades, el paludismo, la difteria y la tuberculosis de vuelta, a las cuales se une la terrible Covid-19. El informe reciente de la ONU y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, fechado 17 de febrero, manifiesta que un alto porcentaje, próximo al 40% de migrantes y refugiados venezolanos, han sido desalojados por la pandemia. También advierte que una quinta parte de las personas afectadas son embarazadas o madres de niñas o niños, lo que agrava aún más la situación migratoria en América Latina y el Caribe.

El éxodo más famoso de la antigüedad es el protagonizado por el pueblo judío de Egipto a Canaán, actual Líbano, conducido por Moisés en el siglo XIII a.C. De esa patética tragedia da testimonio «La huída israelita» del británico David Roberts, obra pictórica de 1918, exhibida en los muros de la National Gallery de Londres. Asimismo, el español Esteban March consagra el acontecimiento en su óleo sobre lienzo «El paso del mar Rojo», que engrandece, con tristeza, la excelsa pinacoteca del Museo del Prado.

En torno a los años 70, a través de las bellas artes, se intenta dulcificar la desdicha con la representación de «Le violon sur le toit», en el teatro Odeón de París, narrativa del exilio judío desde Rusia, protagonizada por el actor londinense Peter Ustinov. Más tarde, en el año de 1970, el beatle George Harrison, clama a Dios protección y amor para aliviar el sufrimiento de las gentes por la separación abrupta entre Bengala Oriental o Bangladesh y Pakistán. Se vale de «My Sweet Lord’, la composición musical más difundida de todos los tiempos.

La migración es, por antonomasia, una herida profunda a la condición humana. En Europa, Polonia, por reminiscencias de la segunda guerra mundial, sobre todo, la persecución de los judíos sigue arrojando sombras sobre la investigación calificada, realizada por Jan Grabowski, profesor de la Universidad de Otawa y por Barbara Engelking, directora del Centro Polaco de estudios del Holocausto. Las resultas documentales reflejan que la ocupación desde el principio del conflicto por alemanes y soviéticos derivó en seis millones de polacos asesinados por el tercer Reich, entre ellos, tres millones de judíos. No obstante, el gobierno populista de ultraderecha del partido Ley y Justicia, en el poder desde 2015, ha lanzado una ofensiva legislativa contra la investigación independiente, de impecable fundamento científico. Semejante actitud exacerba la sensibilidad del intercambio migratorio que lleva en su seno el trato humano, digno y respetuoso.

En el Continente Americano, el Presidente de Colombia, Iván Duque, ha tomado una valiente decisión que podría constituirse en ejemplo para el mundo. La regularización de más de un millón de venezolanos indocumentados, una medida política que pone fin a la precariedad de los inmigrantes, resolviendo su situación administrativa y abriendo, generosas, las puertas de los servicios públicos y del mercado laboral a un colectivo en extremo vulnerable. Este proceso, incorporado al Orden legal, en mi opinión, constituirá un potente mensaje de acogida y convivencia, imponiendo una senda de concordia en un paisaje internacional afectado por la xenofobia, los nacionalismos, los populismos de diferente signo, los muros y las vallas.

El destrozo económico e institucional de Venezuela por el régimen Castro-Chavista desencadenó un éxodo inédito en Iberoamérica. Al otro lado de la frontera de 2200 kilómetros, una cifra próxima a un millón y medio de venezolanos saltó en busca de oportunidades al país vecino. ¡Oh paradoja! antes del arribo del inefable comandante, era Venezuela la que ofrecía cobijo a los hermanos de Colombia. Esa circunstancia la describe, con humorística brillantez, Gabriel García Márquez en su crónica «Cuando era Feliz e Indocumentado».

La iniciativa política le ha valido a Duque, jefe de un gobierno democrático y progresista, los elogios de EEUU y de la Unión Europea. Pero lo principal es la trascendencia e impacto sobre las personas. En definitiva, una actitud de estadista con clara visión de futuro que marca un camino a otros países de la región; Perú, Ecuador, Brasil o Chile, donde viven miles de venezolanos dejando en evidencia, al mismo tiempo, a los gobernantes de los países más desarrollados.

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