Opinión

La verdadera izquierda se queda sin la sabiduría y la firmeza de Pompeyo

Se nos fue Pompeyo. La izquierda venezolana se queda huérfana. La izquierda -en cuyo campo político e ideológico me ubico-, la verdadera izquierda, se queda sin la sabiduría y la firmeza de Pompeyo. Nos hará mucha falta para los tiempos durísimos que se avecinan.

¿Cómo olvidar al “Santos Yorme” de la resistencia contra Pérez Jiménez? Gracias a su lucidez y la inteligencia de Alberto Carnevali se echaron las bases de lo que después fue la Unidad Nacional que jefaturaría la Junta Patriótica. Carnevali, contrariando a Betancourt, había dado a conocer un documento suyo en el que planteaba la necesidad de “acciones coincidentes” con el Partido Comunista. Ese planteamiento fue acogido, y apoyado, con entusiasmo por el ala izquierda del Partido que se oponía a la política golpista del CEN clandestino que casi había destruido a Acción Democrática. Decenas de dirigentes asesinados, encarcelados y en el exilio fue el saldo de dicha línea.

No puedo olvidar que Pompeyo nos aconsejaba al ala izquierda de AD que no dividiéramos al Partido, que siguiéramos luchando adentro hasta conquistar la mayoría de la dirección. Él lo creía posible. Luego, cuando desechamos su consejo y fundamos el MIR en 1960 nos aconsejó que no nos declaráramos marxistas-leninistas. Nuestra impaciencia, -¿pequeño-burguesa?- nos hizo desechar este sabio consejo y castrar a la generación de relevo de AD.

Pompeyo se basaba en la Convención Nacional de Acción Democrática en 1959. En esa Convención el ala izquierda se convirtió en la tendencia dominante. Habíamos logrado que la mayoría de la Convención derrotara a la alianza de la Vieja Guardia y el Grupo “ARS” que habían presentado una plancha conjunta con un supuesto equilibrio para integrar el Comité Ejecutivo Nacional del Partido. Los delegados nos pedían que presentáramos nuestra plancha. Se formó un pandemónium. El “Chivo” Vargas Acosta y una compañera de Anzoátegui se desmayaron, los dirigentes sindicales no sabían qué hacer y se mesaban los cabellos. De repente, en un arranque absurdo, una verdadera “privada” Simón Sáez Mérida toma la palabra y le pide a la Convención que apoye la plancha de “equilibrio” que había rechazado. Surge entonces el sentimentalismo adeco, aplauden a Simón, lo levantan en hombros, cantan el himno del Partido y ondean pañuelos blancos. Así se probó el CEN que unos meses después nos expulsaría de Acción Democrática.

Ese gran dirigente que fue José Vargas me dijo, años después: “Si ustedes no se hubieran ido de AD no se habría derechizado”.

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