Venezuela

El maltrato de un coronel de la GN al presidente de la AN

Julio Borges, presidente del parlamento venezolano: -Yo soy el Presidente de la Asamblea Nacional.

Coronel Vladimir Lugo Armas: – Y yo soy el comandante de la unidad. (Lo repite con tono cada vez más fuerte). Usted puede ser presidente de lo que sea, pero retírese.

Borges intenta decir algo. Lugo lo empuja diciendo “Vaya, vaya, vaya”. Borges sale de la unidad de la Guardia Nacional en el parlamento, sacado de un empujón de Lugo por la espalda.

Queda flotando en el aire la pregunta: ¿quién manda aquí?

La escena fue integralmente filmada y cuando se conoció su contenido, se soltaron los demonios de indignación en el mundo civilizado donde es inconcebible que un militar pueda dar una orden a un diputado electo por el voto popular. Y para mayor indignación, que un coronel eche afuera, empujándolo por la espalda,  nada menos que al presidente del parlamento en su propio Palacio Legislativo.

A los ojos del mundo, se trató de algo imposible de ocurrir en cualquier país democrático. Ante la opinión pública de los países desarrollados, esa escena era la confirmación de que a Venezuela la gobierna una dictadura apoyada en el mando militar que se cree por encima de las autoridades constituidas a través del voto.

Después de eso, Maduro puede llamar a todas las conferencias de prensa internacional que logre reunir -su caso ya no tendrá remedio, salvo que destituya públicamente al coronel de su actual cargo y lo someta a las sanciones correspondientes. Sin embargo, ni así podría borrar la pública escena, que quedó grabada y fue repetida en noticieros urbi et orbi.

La formación de un militar

Para medir el impacto que tal evento representa en el exterior, cabe notar que la última vez que una situación similar se vivió en Europa, fue cuando el 23 de febrero de 1981, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió con la Guardia Civil en las Cortes españolas, gritando “quietos todos” y  ordenó a los diputados tirarse al suelo. Fue el intento de un golpe militar que desactivó el rey Juan Carlos, con una alocución pronunciada a la una de la madrugada. La aprobación nacional e internacional de esa actitud del rey, fue tan sonora, que con ello afianzó su reinado y el de su heredero, hasta el día de hoy.

La reacción internacional en aquel momento, al igual que la producida ahora por la acción del coronel de la Guardia Nacional Bolivariana, Vladimir Lugo Armas,  indica la suprema vigencia de las normas que definen el orden democrático. La comprensión  de su importancia fue perdiéndose en Venezuela con cada nuevo episodio de violencia oficial. Cada vez que un cuerpo armado agrede, insulta o coacciona a un ciudadano y muy particularmente a un parlamentario que goza de su inmunidad, se desconoce el voto popular del ciudadano y el rol del parlamentario que ese ciudadano eligió para representarlo. Es el principio de la subordinación del estamento militar al gobierno civil de elección popular, que a su vez es la base de cualquier gobierno democrático.

Una de las importantes conquistas del gobierno de Rómulo Betancourt cuando se iniciaron los 40 años de democracia, fueron la subordinación del militar a un presidente civil. La relación de Betancourt con la Fuerza Armada, fue cimentada en el reconocimiento anual, con motivo de cada año nuevo, de su papel de Comandante en Jefe, por ser el presidente de una república democrática. Resulta irónico e incongruente, que cuando Lugo quiso imponer su autoridad por encima de la del parlamento, apenas días antes, el 24 de junio, Nicolás Maduro insistiera en la unidad y lealtad a su persona que le debe la FANB. El cuento de la pava y el pavo.

Parlamentarios en un frente de guerra

Volvamos al punto esencial: la autoridad e inmunidad de un parlamentario son normas fundamentales de una democracia. Cada vez que un parlamentario es irrespetado por un cuerpo militar, se acentúa el desmoronamiento del sistema entero.

En Venezuela, las señales de ese irrespeto son cada vez más frecuentes. La escena filmada de un grupo de parlamentarios intentando comunicarse frente a la cárcel de Ramo Verde con el preso político Leopoldo López por medio de gritos de viva voz a distancia, es la negación visual y auditiva de los más elementales derechos de un poder de la república, que por norma debe ser obedecido por cualquier militar. El sólo hecho de verse impedido el acceso a una cárcel, cuando un parlamentario cualquiera debe tener puerta franca para inspeccionarla en virtud de la capacidad contralora que le otorga la Constitución, puede ser considerado un delito cometido por los hombres armados que impiden por la fuerza ese acceso. La verificación del estado de un preso, es parte inherente de las tareas de un Poder de la República que no quiera incurrir en acusaciones de cómplice por inactividad, en violaciones de los Derechos Humanos.

Si pasamos a la situación de los parlamentarios que participan de las marchas de la oposición y son víctimas constantes, por encontrarse en la primera fila, de la represión ejercida por la Guardia Nacional Bolivariana o la Policía Nacional Bolivariana, entramos nuevamente en un terreno inadmisible en países civilizados. La sola lista de los parlamentarios que sufrieron heridas, hace sospechar de un ensañamiento premeditado contra toda persona que debe gozar de inmunidad. En ese grupo deberían estar los parlamentarios, los miembros de la Cruz Roja, los de la Cruz Azul y los medios de comunicación cuyo deber es informar. Por el contrario, pareciera que todos ellos fuesen los blancos predilectos de los funcionarios enviados a reprimir, sin que la autoridad de un parlamentario sirva para  mediar e impedir la violencia oficial.

Indignación mundial

Sabemos que el desconocimiento de un parlamento electo por el pueblo ha sido desde enero del año 2015 una meta del gobierno de Nicolás Maduro. ¿Pensaba que por ese hecho no incurrirá nunca en  la condena internacional? ¿Será que no entendió lo que representa la negación de un parlamento en el ámbito internacional?

Ya era muy larga la lista de delitos o incumplimientos que acercaba al gobierno de Nicolás Maduro a la situación de paria internacional, pero sin duda la escena de los insultos a Borges por un coronel cuya tarea era, precisamente, proteger al poder legislativo en su sede, quedará como un punto de inflexión, cuya gravedad parece escapar a los responsable del actual gobierno.

Ha sido tan sostenido el abandono de elementales normas democráticas, que se perdió toda sensibilidad en ese aspecto. Ahora, con el incidente Borges-Lugo, el daño está hecho y no se ve reversible.

 

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Jurate Rosales

Directora de la Revista Zeta, columnista en El Nuevo País con la sección Ventana al Mundo. Miembro del Grupo Editorial Poleo.

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