Ventana al Mundo: La culpa no es de las vacas

No es que las vacas dejaron de producir la leche, sino que el hombre en su afán de poder, llegó al extremo de impedir que los niños venezolanos reciban ese alimento, imprescindible para su crecimiento, salud y  capacidad de estudio.

En la larga lista de torturas de hambre que aquejan a la familia venezolana, la ausencia de la leche es el crimen mayor: los niños venezolanos crecen sin un alimento imprescindible en la niñez.  Al truncar el desarrollo de los pequeñitos, el delito – además de horrible si el niño siente hambre – es también contra toda la nación y su futuro.

“Ya no me importa perder la vida saliendo a pelear.  Esto no puede seguir”, me dice el hombre, de unos 45 años al juzgar por su apariencia, después de contarme que sale todas las noches a pararse en una cola frente al supermercado cercano, con la esperanza de que en la mañana, cuando abran el negocio, aparezca algún rubro de comida a precio regulado y lo puede llevar a su familia. “Ayer hubo mantequilla” – explica, refiriéndose según parece a la margarina. “Estaba a 30”, me dice, para indicar que valió la pena esperar. ¿Estaba a 30 mil cada paquete?, me pregunto, pero la respuesta ni hizo falta – era obvia. Cuando dicen hoy que algún rubro está “a 30” esto significa que está a 30.000 bolívares y que es barata.

Uno tras otro, los supermercados y abastos exhiben metros y más metros de estantes y neveras vacíos. Esa total ausencia de rubros de comida se debe a la demencia oficial, consistente en 6 letras – SUNDDE  – Superintendencia Nacional para la Defensa de los Derechos Socioeconómicos de Venezuela. Fue creada por el gobierno “para velar por el cumplimiento de la Ley Orgánica de Precios Justos, a través de fiscalizaciones e inspecciones”. Nicolás Maduro la inventó sin consulta legislativa, utilizando la Ley Habilitante que le permitió emitir la “Ley Orgánica de Precios Justos”, promulgada en Gaceta Oficial Nr.40.340.

La implementación del artículo 10 de esa ley, fue encomendada a la tal SUNDDE encargándola de imponer los precios de venta al público definidos por el gobierno. Hasta ahora, esa “imposición” había funcionado a medias y sin mayor eficacia, pero el asunto llegó a un climax debido a la megainflación. Explico. Para mantenerse en el poder, Maduro multiplicó en las últimas semanas las promesas de aumentos de sueldo mínimo,  anunció todo tipo de bonos para millones de pedigüeños armados del “Carnet de la Patria”, sin tener la capacidad, no digo de emitir ese dinero con alguna base de reservas sólidas, sino sin siquiera tener como imprimir la cantidad de billetes correspondientes a la orgía de promesas de pagos. Son cifras de millardos de bolívares que Maduro hace aparecer en libros de cuentas del Banco Central, creando un dinero fantasma que llegó este viernes 26 de enero 2018 a cotizar según la agencia Dólar Today, la fantástica suma de Bs.266.630,76  por 1 US$ norteamericano.

Cuando la SUNDDE intentó imponer con sus patrullas un precio que era válido en diciembre pasado, la inflación ya lo había superado y convertido en obsoleto. La gente lo sabía y al colocar un precio que obviamente no correspondía a la realidad, los estantes de los comercios se vaciaron en pocas horas, pero desde entonces, en la mayoría de esos sitios, no hubo reposición de mercancía. Enero pasó a ser el mes de los estantes vacíos.

Es cuando cabe hablar de un alimento imprescindible en la infancia y cuya ausencia puede frenar el desarrollo de las nuevas generaciones creándoles carencias que serán de por vida: hablo de la leche, que estaba desaparecida en su forma deshidratada (en polvo) desde hace meses, y terminó de desaparecer en su forma líquida – por lo menos en Caracas – desde diciembre de 2017. Ignoro cuál es la situación en el interior, pero me consta que en Caracas, la leche desapareció en todas sus formas desde por lo menos hace unas 4 semanas.

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¡Cual fue la sorpresa de ver de pronto, el pasado viernes, en un pequeño supermercado caraqueño, una carretilla con paquetes de leche en polvo! Veía que la gente manoseaba los paquetes, pero nadie compraba. Al acercarme pude examinar mejor la tal venta. Son  paquetes de 900 gramos de leche en polvo proveniente del Zulia,  marca Torondoy semi-descremada y el paquete tiene impreso su precio oficial: PVJusto BsF535.224,66. ¿Más de medio millón de bolívares por 900 gramos de leche en polvo? Como nadie en el humilde abastos parecía disponer de esa suma – y tampoco yo -, allí permanecía la carretilla con esos sobres, de rutilante color morado claro, foto de jarra y vasos plenos de leche espumosa, rodeados de flores de margaritas campestres.

Pues allí no terminó el cuento. Cuando llegué a casa y conté lo que había visto, una persona que vive en el exterior calculó que ese sobre de leche está “baratísimo”, me dijo, porque al cambio libre sale en menos de dos dólares. Corran a comprarlo – me aconsejó y me dejó con la sensación de estar presa en una trampa, de la que no hay salida, porque al igual que la casi totalidad de los venezolanos, y sobre todo las familias con niños, nadie dispone de más de medio millón para comprar 900 gramos de leche en polvo.

Podríamos terminar con la medición inventada por la Agencia Bloomberg para reflejar  la inflación venezolana a través del precio de una taza de café con leche. Su última medición fechada del 17 de enero 2018, es que una taza de café con leche en la calle cuesta Bs.45.000. Comparada con el precio de hace un año, esto arroja, dice Bloomberg, una inflación anual de 3.991%. (Lo que no me explico, es dónde fue que la medición consiguió un “con leche”).

Para escribir esta nota, tomé una taza de café negro – me supo muy mal porque siempre lo tomaba con leche – y no hago sino pensar en los millones de niños que en Venezuela, hoy en día, crecen sin poder tomar leche diariamente. En un lejano recuerdo, me parece ver al pediatra-presidente Jaime Lusinchi, quien impuso por ley, la distribución gratuita diaria, de un cuartico de leche por alumno en todas las escuelas primarias. Eso fue en tiempos de la democracia.

 

 

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