El predominio chavista, en estos veinte años, deja una urgencia: salir cuanto antes del desastre de este mal gobierno para reconstruir el país. Foto: El Libertario

Es urgente salir cuanto antes del desastre de este mal gobierno

Por Rafael Simón Jiménez

***El predominio chavista, en estos veinte años, deja una urgencia: salir cuanto antes del desastre de este mal gobierno para reconstruir el país.

La victoria de Hugo Chávez el 6 de diciembre de 1998, no fue el resultado de la casualidad, ni de ningún fenómeno sobrenatural. Fue como todos los experimentos similares, la consecuencia lógica del desencanto, la frustración y la desafección acumuladas en una sociedad que por años había depositado su voto y su confianza en unos líderes y unas organizaciones políticas, que progresivamente se alejaron de la gente, y de unos gobiernos que se fueron colocando de espaldas a las necesidades, las demandas y las soluciones de una población que vio deteriorarse sus condiciones de vida, y que comenzó a mostrarse proclive a salidas  radicales.

Sobre ese país que repudiaba las fórmulas tradicionales, Hugo Chávez, el golpista fracasado del 4F-92, colocó un mensaje vengador y patibulario, de ideas básicas, que se conectó prontamente con el descontento ya inmensamente mayoritario de la gente. Llenas las alforjas gubernamentales con miles de millones de dólares generados durante el ciclo alcista de precios petroleros más prolongados de nuestra  historia, se implementó desde el gobierno un sistema de dádivas, dispensas y subsidios bajo la denominación de “misiones” que, amén de ganar adhesiones en sus destinatarios, le permitió construir un mecanismo de control político que progresivamente mutaría hacia la sumisión administrada con elementos perversos como el denominado “carnet de la patria” que de hecho es un mecanismo de  exclusión y discriminación para quienes se muestren desafectos a las políticas gubernamentales.

Conforme a lo que ha sido la experiencia de los ensayos populistas en América Latina y el mundo, el despilfarro, la impune y galopante corrupción, la ineficiencia y la improvisación fueron depredando los recursos públicos, lo que aunado a la caída prolongada de los precios petroleros, incubaron un desastre económico y social de proporciones nunca antes conocidas  en Venezuela.

La designación de Nicolás Maduro como heredero in extremis de Chávez, fue lo que en criollo pudiera denominarse “la tapa del frasco”. El improvisado sucesor del fallecido líder de la “revolución Bolivariana” al no saber qué hacer, ni cómo hacerlo, se dedicó simplemente a administrar y profundizar el desastre, lo que por supuesto significó incrementar el drama social cuyas secuelas no solo se manifiestan a lo largo y ancho de Venezuela, sino que dejan sentir su efecto sobre todo el continente al propiciar la huida y éxodo desordenado de casi cuatro millones de venezolanos, que ante la disyuntiva de morirse de inanición, buscan en países vecinos una oportunidad de subsistencia.

Las dos décadas de predominio chavista dejan para Venezuela un saldo trágico y desolador. Veinte años de un experimento que en su momento ilusionó a los venezolanos, y terminó en la peor  crisis de toda la  historia, solo deja una urgencia: salir lo más pronto posible del desastre, para iniciar la reconstrucción de la martirizada Venezuela.