Mi 60% al final del túnel

Por Alberto D. Prieto

Vivir con una sonrisa en la cara no es el secreto de la felicidad, no hagan caso a los tuits de autoayuda, ni retuiteen más de uno al día. Que cuando eso se hace, en realidad lo que uno demuestra es la carencia y, más que parecer un gurú, uno acaba confirmando a sus discípulos y followers que es un desgraciado.

El otro día repitió el ministro de Economía de España que esta nación ya ha recuperado el nivel de renta de antes de la crisis, y yo quise echármelo a la cara para que me explicara quién carrizo tiene, pues, mi 60% perdido por el camino. Yo empecé la crisis en 2008 casado, con un puestazo en un gran periódico, un sueldo podríamos decir que obsceno incluso para aquella España bollante, y dando por hecho que, antes o después, la vida te devuelve lo que le pides mereciéndolo.

Encantado de pagar impuestos por el bien de mi país y su Estado del Bienestar.

Hoy, Luis de Guindos, ese ministro (En España), ha sido nombrado vicepresidente del Banco Central Europeo, ha multiplicado su sueldo por más de cinco hasta los 340.000 euros al año y recibe la justa recompensa por devolverme teóricamente mi nivel de renta.

No seré yo quien critique su labor. Ya sé que nunca se salió de una crisis con pleno empleo y buenos sueldos, ya sé que había que pasar por este rubicón, apretar “todo” y trabajar mucho más por mucho menos. Por supuesto, ya sé que yo no he perdido mi casa, sólo mi puestazo; que no he tenido que empeñar mis joyas, sólo he bajado de los yogures premium a los de marca blanca; y que mis niñas siguen yendo al mismo colegio, sólo que ahora me molesta —en un porcentaje del 25% de mi sueldito mensual— que, siendo una escuela concertada, no sea gratuita como dice la ley.

La semana pasada tuve la suerte de viajar a Arabia Saudí, invitado por la Embajada del país petrolero junto a un grupo de periodistas españoles, para conocer en qué consisten las revolucionarias reformas económicas y sociales impulsadas por el príncipe heredero Mohamed Bin Salman, bautizadas como «Visión 2030». Allí pude entender que España ha alcanzado el nivel de renta previo a la crisis tanto como las mujeres saudíes van a conquistar sus derechos. Sobre el papel.

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Y aprendí, una vez más, que todo es tan relativo como la angustia de Albert Einstein por los cientos de miles de muertos japoneses causados en 1945 por su invento nuclear. La contienda acabó antes, se ahorraron meses, si no años, a la II Guerra Mundial. Y se supone que mucho sufrimiento, ruinas y puede que toda la banda masculina de 20 a 30 años de la pirámide de población japonesa y estadounidense. Vale, pero el precio lo pagaron en Hiroshima y Nagasaki.

Las saudíes están contentas porque ven la luz al final del túnel negro, aunque serán sus hijas o nietas las que de verdad lo disfruten. Las leyes reflejan la voluntad del legislador, pero ésta tarda en traducirse en realidad de andar por casa lo que se alarga un texto jurídico hasta que se convierte en vida diaria.

Y lo mismo pasa con las estadísticas. Yo he salido de la crisis divorciado, con un empleo en otro periódico, prometedor pero que aún es ninguneado por los altavoces a pesar de sacar más exclusivas y primicias que los demás, mi nómina me da para tirar adelante si la apoyo en lo que me queda de la indemnización por aquel despido de hace unos años, y hoy sé que es mentira que la vida te devuelva lo que le das, por mucho que sonrías y sigas cuentas de autoayuda en Twitter.

Además, sigo pensando que los impuestos son justos, pero ahora los pago con dolor.

El sueldazo de Guindos se paga con ellos y puede que se lo merezca, pero ya sé quién tiene mi 60%. Después de ver dónde estoy y de dónde están saliendo las saudíes, no me quejaré mucho. Pero, aunque disfruto de quien sonríe a mi alrededor, ésta no es la luz que me prometían en mi Twitter al final del túnel.

Alberto D. Prieto es Corresponsal Internacional de OKDIARIO